
Desde la ventana le veo pasar con su carrito desvencijado y el gabán raído. Le sigue una corte de gatos. Elegantes. Rubios, negros, grises, con un pedigrí ya olvidado por sus dueños. Es el paladín de la noche que siempre pasando en la misma hora por delante de mí viene con el ensueño a mis ojos. La desnudez desvelada es rota por el chirrido leve de las ruedas de sus cachivaches. Una vida entera de recuerdos en revistas viejas, ollas roñosas y tejidos que los años han vuelto andrajosos. Es la suma poética y fantástica de todas las nostalgias y de un amor que se perdió en el fondo de una botella.
Siempre pasa en la misma hora por el mismo parque para recoger las latas y esas cosas que no puede explicar porqué tira la gente. Aun recuerda el día en que se encontró un billete de cinco mil pesetas. Se dio un festín digno de una saturnal romana. Queda lejos. Tanto como esos cinco jóvenes que al otro lado del jardín vociferan sus ofensas de alcohol y odio. Uno de ellos le ha visto empapado en ira. Como lobos hambrientos corren hacia él con sus garras de metal y madera listas para golpear. Abigail da amablemente las buenas noches al primer muchacho cuando un golpe de acero le rompe la boca. Un sopor tibio se apodera de su carne. Desde la ventana unos clamores bárbaros son lo único que se escucha. Frente a mí una mujer grita tapándose la boca horrorizada. Muchas luces se encienden, pero será un instante. A nadie le importará aquel hombre que me traía el sueño.
Siempre pasa en la misma hora por el mismo parque para recoger las latas y esas cosas que no puede explicar porqué tira la gente. Aun recuerda el día en que se encontró un billete de cinco mil pesetas. Se dio un festín digno de una saturnal romana. Queda lejos. Tanto como esos cinco jóvenes que al otro lado del jardín vociferan sus ofensas de alcohol y odio. Uno de ellos le ha visto empapado en ira. Como lobos hambrientos corren hacia él con sus garras de metal y madera listas para golpear. Abigail da amablemente las buenas noches al primer muchacho cuando un golpe de acero le rompe la boca. Un sopor tibio se apodera de su carne. Desde la ventana unos clamores bárbaros son lo único que se escucha. Frente a mí una mujer grita tapándose la boca horrorizada. Muchas luces se encienden, pero será un instante. A nadie le importará aquel hombre que me traía el sueño.