El beso


La madre Campos besa la frente de un niño triste, con un llanto roto, un dolor seco que se pierde en la tarde espesa de África. Lejos quedan los chicos abnegados de Médicos sin fronteras y las reporteras buscaglorias de CNN. El aire de aquel barracón es denso, cálido como el abrazo de una madre, pero sin esperanza ni mañana. Aquel es un lugar donde van a morir después de andar cientos de kilómetros madres e hijos infectados de VIH, es un lugar que no existe, en medio de ninguna parte.
Los caminos que llevan a ese lugar están plagados de hombres armados y bestias. Niños hombres que violan a esas mujeres o las acribillan con sus kalasmikov. Serpientes que muerden a los niños mientras sus madres son destrozadas por leopardos y hombres, y la tarde es calima bajo un cielo donde Dios mira hacia otro lado mientras María Campos besa a un niño ya casi muerto con su dulzura cosida de humanidad.
En la pared del dispensario, junto a la puerta, hay una cruz roja, pero es una ironía. Los soldados vienen a pasar a machete a sus enemigos muertos ya de sida y abandono. A matar a la extranjera que los cobija. No vendrán esos marines de recio aspecto ni los soldaditos modelos de cooperación española ni niñatas alternativas sin fronteras ni ONGetas, nadie. Nadie oirá nada, como las voces de los que piden en la ciudad, como no se escucha a los que sufren en una cama de hospital, como no se escuchan a los…