
José Luis mira la bocacha de su fusil de asalto G36. Ayer fue otro día duro de la insurgencia. No está seguro, pero creé que una de sus balas dio de rebote a un pequeño que cruzaba la acera con su madre. Por la noche no pudo dormir, no dejaba de darle vueltas a la cabeza. Uno de sus compañeros le dijo que no se preocupara por aquello, que eran gajes del oficio. Otro simplemente zanjó el tema con un: ¡ Qué se jodan esos hijos de puta!. José Luis mira la foto de su hija de cuatro años y llora, como lo hacen todos sus camaradas en Afganistán, silenciosamente, por dentro de sus uniformes. Observando la vida en suspenso por la guerra, guardando sus escombros en las pupilas, en el armario de los horrores humanos. Hoy tan sólo será otro día más. Espera poder ver a ese niño afgano pasear cogido de la mano de su madre. Hoy tan sólo es otro día de duro trabajo en Herat, en un lugar olvidado de la mano de Dios.
Mientras patrulla con otros soldados por una calle polvorienta pasa delante de ellos un viejecito sobre una oxidada bicicleta que se cae a pedazos. Lleva cien mil cachivaches en ella y agarrada a su espalda una niña ciega. Algunos niños más se acercan diciéndoles cosas incomprensibles señalando la bandera cosida sobre la guerrera. El sol le ciega los ojos por un breve instante. Le parece ver un reflejo sobre el tejado romo de una pequeña covacha de adobe… ¿ un insurrecto?. El reflejo es un cubo de metal sin asa. Sólo es otro día más… en el infierno.
Pasa lento el mediodía esperando el rancho. La hora de volver con el blindado a la base. José Luis mira la bocacha de su fusil de asalto G36 y recuerda su pequeño pueblo. El olor de la hierba húmeda cuándo llueve en el páramo. Su mujer cocinando en la casa nueva. Su hija jugando con la abuela. Entonces una bala le perfora el cuello mientras otra le muerde en un brazo… y comienzan a disparar. Hay un grupo de mujeres delante, una de ellas cae cosida a la mano de un niño. Herido pide que se hagan a un lado. Un hombre armado cae alcanzado en el pecho mientras a su lado dos más disparan hacia ellos. Otro niño cae frente a él con su carne azul reventada. Siente entonces como sus ojos se agrietan como un cristal roto cayendo sobre el acero y se le ilumina la sonrisa viendo al perro de su padre recostado a su lado, lamiéndole en el suelo.
Mientras patrulla con otros soldados por una calle polvorienta pasa delante de ellos un viejecito sobre una oxidada bicicleta que se cae a pedazos. Lleva cien mil cachivaches en ella y agarrada a su espalda una niña ciega. Algunos niños más se acercan diciéndoles cosas incomprensibles señalando la bandera cosida sobre la guerrera. El sol le ciega los ojos por un breve instante. Le parece ver un reflejo sobre el tejado romo de una pequeña covacha de adobe… ¿ un insurrecto?. El reflejo es un cubo de metal sin asa. Sólo es otro día más… en el infierno.
Pasa lento el mediodía esperando el rancho. La hora de volver con el blindado a la base. José Luis mira la bocacha de su fusil de asalto G36 y recuerda su pequeño pueblo. El olor de la hierba húmeda cuándo llueve en el páramo. Su mujer cocinando en la casa nueva. Su hija jugando con la abuela. Entonces una bala le perfora el cuello mientras otra le muerde en un brazo… y comienzan a disparar. Hay un grupo de mujeres delante, una de ellas cae cosida a la mano de un niño. Herido pide que se hagan a un lado. Un hombre armado cae alcanzado en el pecho mientras a su lado dos más disparan hacia ellos. Otro niño cae frente a él con su carne azul reventada. Siente entonces como sus ojos se agrietan como un cristal roto cayendo sobre el acero y se le ilumina la sonrisa viendo al perro de su padre recostado a su lado, lamiéndole en el suelo.