Tres goles


Encerrada en el lavabo de la octava planta no dejaba de llorar. Se decía a si misma que podía haber hecho algo más. Repasaba mentalmente cada pequeño gesto de ese día; cada decisión, por pequeña que hubiera sido, tomada durante las últimas siete horas… Su corazón no pudo resistirlo y falleció. Fuera la algarabía era total. Hoy era la gran final y la gente estaba desatada…
Se marchó para su casa pasadas las ocho en punto. Cogió el coche como cada día, pero las calles estaban vacías. Puso un compact y respiró el aire sucio y convulso de la ciudad. Una ciudad que a esa hora parecía diferente, un lugar extraño y abandonado. Mientras la amargura se refugiaba en sus tripas como una alimaña, una vez más volvía a analizar cada pequeño detalle de aquellas horas sin darse cuenta de que a veces las cosas simplemente no salen bien. Pero su mente no era capaz de procesar algo tan sencillo y no dejaba de darle vueltas, y vueltas, y vueltas…
Abrió la puerta de su casa y sintió el estruendo de los cimientos zarandear en un grito brutal y arcaico todo el edificio. Acababan de marcar el primer gol. Se desnudó apresuradamente y se introdujo en la ducha. El agua caía dulce cual azúcar, necesitaba quitarse enseguida de encima ese olor a fracaso y quirófano. Y luego ver una película estúpida comiendo un sándwich de pollo, lechuga y huevo duro. Aquella lluvia tibia recorría cada centímetro de su desesperación, pero no se llevaba su pena; y cayó el segundo gol, y dejando los ojos vueltos hacia el infinito volvió a llorar.
Ya sentada en la cocina frente al bocadillo y una copa de vino, observaba la capital completamente chamuscada en medio de la noche. La toalla cubría su desnudez todavía empapada. Se sentía más sola y vacía de lo que había estado nunca. El teléfono sonó por tres veces, pero prefirió no cogerlo. Dio un mordisco a su cena mientras las paredes volvían a estremecerse de nuevo. Los alaridos y las risas afiladas la rodearon como una cáscara dura y considerablemente dolorosa. Sonaban a castigo, como intentar encender una bombilla fundida. Incluso el vino que le trajo su padre sabía esa noche amargo.
Prefirió acostarse temprano, en tanto la urbe ardía a través de los televisores contemplando la entrega al capitán de la selección de la copa del mundo. Cerró lentamente sus ojos al compás de los brindis y las celebraciones, y en sus sueños por fin se liberó.