Un cartón de vino


El invierno es duro en la calle. La lluvia cala quemando hasta los huesos. Los tejidos se enroscan como arterias sucias recorriéndote el cuerpo. Sólo es la búsqueda de un poco de calor. Calor de hogar, calor de un cigarrillo, o el falso calor de un cartón de vino peleón, y cuando la noche cae, una cortina en hilos de fina tristeza se deshace sobre la acera y es la hora de resguardarse. Y en el abrigo del portal vomitar rencor y palabras que aceleran el paso de los viandantes y sacan fuera la severa ternura de los policías mientras la ciudad se va envolviendo en una sábana de aburrimiento.
El viejo kiosco, biblioteca municipal en otro tiempo, se retorcía bajo el crepitar de unas gotas cada vez más dulces. Aquel hombre de facciones impúdicas no veía la hora de volver nuevamente a su hogar de cartones bajo aquel techo en desahucio que ayer albergaba libros y hoy ya tan sólo las quejas de unos afables vecinos a los que el agua no alcanza ni endulzará su piedad dominical de misa de diez, pues únicamente tienen olfato para ver lo que afean dos mendigos harapientos frente a un portal tan decoroso.
Mañana por fin traerán la escavadora. Y adiós a los insultos de borracho, a las malas palabras, a los orines y a la mierda. Y el portero como siempre cortésmente nos abrirá la puerta y sobre ese cartón de vino peleón olvidado meará el estúpido perro de la mentecata señora del quinto derecha algo parecido a Número 5. Lloverá, y lloverá más, y quedará solamente el olor a podrido.