
Un hombre sentado en una humilde silla observa embelesado su bola de cristal. Bajo una parra que le da sombra se sorprende viendo dentro de ella los remolinos de nebulosas en formación. Desde su fresco e idílico jardín no deja de sorprenderse una y mil veces de las altísimas temperaturas que alcanzan esos miles y miles de soles en constante evolución. La magia enigmática de los agujeros negros, la congestión cronológica de cientos de púlsares o el misterio arrebatador del plasma estelar. Los centauros, guerreros y animales que se dibujan en las estrellas, que trazan en el vacío del espacio su morada celeste. Los sueños de Galileo, de Copérnico… y tantos otros. Andrómeda, Orión… Las pléyades. La atroz devastación de millones de mundos y el nacimiento de otros muchos. ¿ Y dónde está?, a sí, ahí, en un rincón, La vía láctea, un jeroglífico lleno, completamente lleno de millares y millares de astros ignotos y refulgentes.
Y en una esquina de la galaxia, una minúscula estrella, nuestro sol. Un cuerpo celestial llamado algún día a terminar de arder como una gigante roja hasta consumirse. Pero de momento brilla en el centro de su sistema solar en todo su esplendor. En él puedo ver Plutón, apenas un trozo olvidado de hielo, junto a su luna Caronte, ni siquiera parece orbitar a su lado, parece más bien uno de esos viajeros extraños. Apenas un recuerdo del pasado. Y los grandes planetas que henchidos de gases y satélites parecen querer cortejar al poderoso ser de luz desde su gélida orbita, entre anillos de polvo y rocas, y el más magnánimo vuelta la cara hacia el infinito.
También puedo ver un recóndito cinturón de asteroides donde antes pudo haber un planetoide que quizás albergara vida, ¿ quién lo sabe?. Puedo ver Phobos y Deimos mirar su planeta rojo por toda la eternidad inútilmente…
Y a lo lejos mi vista se esfuerza por distinguir la tierra y a su fiel amiga la luna. Eterna enamorada de locos y poetas. Precursora ciega de las mareas y de los seres fantásticos que la aúllan. Si me acerco más puedo incluso admirar la serena belleza de sus desiertos y de sus altas cordilleras… Las ciudades y sus luminarias alumbraban sus noches y una sosegada quietud acompasaba sus días. Según me iba acercando podía ver las bandadas de aves volando hacía el sur y los carnívoros cazando en las llanuras abiertas. Y en un minúsculo retiro pude también vislumbrar a un hombre sentado en una humilde silla de madera que miraba embelesado una bola de cristal bajo una parra… Los remolinos de nebulosas en formación…