La ventana


El niño miraba a través del tragaluz a un hombre postrado en una silla de ruedas. Tenía la cabeza echada hacia atrás y de su mano derecha caída colgaba un cordel negro que sujetaba una pequeña cruz de madera. En aquella habitación no había nada, salvo aquel extraño sentado en aquel término, en medio del cuarto. Todo era blanco allí dentro, de un blanco doloroso, inmaculado, brutal. Las paredes, el suelo de mármol reluciente, el techo, hasta su propio asiento era blanco.
El niño miraba a través del cristal limpísimo y cuanto más lo hacía más fuerte entraba por su pequeña nariz el olor a hospital que se respiraba allí dentro, pese a estar la ventana férreamente cerrada. De sus ojos comenzaron a caer lágrimas azules y brillantes que quemaban sus mejillas frías como el hielo. No era él, era el fino y caótico aguacero que caía torrencialmente sobre su cabeza. Sus parpados se iban cubriendo poco a poco de niebla mientras extendía su mano seca y hueca hacia el vidrio de la ventana donde las gotas resbalaban atropelladamente. No podía oír nada. Ni el chapoteo del agua, ni los truenos lejanos, ni tan siquiera los vehículos que circulaban por la calle principal… pero si podía sentir el dolor seco de aquel ser inerte dentro de propio cuerpo. Y entonces despertó en su cama y miró hacia la lumbrera, y aliviado sintió la tormenta cayendo con fuerza en la calle.