
Con la espalda apoyada sobre el grueso tronco de aquel viejo árbol la esperaba una tarde más. Frente a los edificios rojos y blancos al otro lado de la calle. Como un naufrago llegado de una tormenta lejana. Como una sombra escondida errante frente a la ciudad.
Allí estaba sobreviviendo mi vida con el caparazón aún tierno, extraño y dúctil, sin pensar en los excéntricos giros del destino ni en los avatares que me sobrevendrían. Allí la esperaba risueño deseando un beso que lleno de luces y de sombras me habría de dar. Casi la he olvidado, como he olvidado los gritos suspensos y los fracasos. Como he perdido la primavera, la memoria y los ojos. Como se acaban las esperas que nos impacientan. Así es como poco a poco he llegado a éste día, como llegue a aquel día en que la vida se frena haciéndose agua estancada que nos envenena.
Retorciendo la vida como una camisa mojada es como puedo remembrar las impaciencias y los desplantes que el alba torna suave cual arcilla para modelar. Al final no son otra cosa que pedazos de tiempo viejo que entonces costo tragos beber y que ahora tan sólo son respirar. Ecos lejanos que ya ni hieren ni vocean, que únicamente dan pena. Todo es un mismo y viejo lugar diferente, un lugar ardiente donde no hay que mirar ya más allá.