------------------------
Recuerdo perfectamente a Luis. Sus ojos, su mirada, su sonrisa pícara cuando acababa de marcar. Ya ha pasado mucho tiempo de aquel día, pero aún puedo recordar mi cabalgada por la banda derecha, y hasta el olor asfixiante de la hierba seca. La pelota se iba frenando mientras poco a poco por el carril del ocho me iba internando entre las líneas enemigas. Entonces de la nada salió aquel lateral enorme, casi una torre humana llena de piernas. Frené en seco y pisé el balón. Los chicos estaban el área. Uno a uno. Sólo necesitaba lanzarles un buen pase, un platanito que alguno de ellos pudiera cabecear con claridad.
Entonces ocurrió el milagro. El tiempo se paró. Vi el marcador, e incluso la furia reflejada en los sentidos de mi adversario. Estaba loco, como pretendía hacerle un sombrero, estaba completamente loco. Era tan alto. Seguramente interceptaría el maldito esférico. Pero lo hice, lo piqué, traspasándolo. No se lo esperaba. Estaba al otro lado de la muralla. Me escabullí por su tangente, armé la pierna y el tiro salió casi perfecto. Percibí lentamente como la esfera describía una trayectoria simétrica y rotatoria en tanto la grada se ponía en pie y un cuerpo se elevaba en el área chica dispuesto para rematar a gol.
Recuerdo perfectamente a todos. Desde el portero hasta al último de los suplentes. Sus caras, sus gestos, sus pequeñas manías al salir al campo. El olor del vestuario, y hasta el del jabón con el que nos duchábamos. Recuerdo a que sabía la victoria, y también el agrio, el apestoso sabor de la derrota. Recuerdo cada patada, cada rostro de cada rival... Tantos amigos y tantas batallas incruentas como deberían ser todas las batallas y todas las guerras, y no lo son.
Aquel fue el día de los héroes. Sólo que el de unos héroes menores. De cartón, de papel, de últimas páginas de la prensa seria. Sólo que hubo portadas y champán. Aquel fue un día de cánticos y luces. Aquel día nos creímos por un momento los reyes del mundo.
Luis descansa en la cama. Con los ojos cerrados y una mueca de satisfacción en el semblante. Los años apenas han hecho mella en él. Su mujer me cuenta que está mejor de lo suyo. Y sonríe, aunque por dentro tiene las entrañas crispadas. Yo le sigo viendo como aquel día de junio. Elevándose como una exhalación entre todos los demás, dispuesto a rematar mi pase que lentamente, casi teledirigido, llegaba a su cabeza desde la banda. Todavía estoy allí. Luis no es ese cuerpo que duerme consumido con los párpados cerrados. Ese es un extraño.
Entonces ocurrió el milagro. El tiempo se paró. Vi el marcador, e incluso la furia reflejada en los sentidos de mi adversario. Estaba loco, como pretendía hacerle un sombrero, estaba completamente loco. Era tan alto. Seguramente interceptaría el maldito esférico. Pero lo hice, lo piqué, traspasándolo. No se lo esperaba. Estaba al otro lado de la muralla. Me escabullí por su tangente, armé la pierna y el tiro salió casi perfecto. Percibí lentamente como la esfera describía una trayectoria simétrica y rotatoria en tanto la grada se ponía en pie y un cuerpo se elevaba en el área chica dispuesto para rematar a gol.
Recuerdo perfectamente a todos. Desde el portero hasta al último de los suplentes. Sus caras, sus gestos, sus pequeñas manías al salir al campo. El olor del vestuario, y hasta el del jabón con el que nos duchábamos. Recuerdo a que sabía la victoria, y también el agrio, el apestoso sabor de la derrota. Recuerdo cada patada, cada rostro de cada rival... Tantos amigos y tantas batallas incruentas como deberían ser todas las batallas y todas las guerras, y no lo son.
Aquel fue el día de los héroes. Sólo que el de unos héroes menores. De cartón, de papel, de últimas páginas de la prensa seria. Sólo que hubo portadas y champán. Aquel fue un día de cánticos y luces. Aquel día nos creímos por un momento los reyes del mundo.
Luis descansa en la cama. Con los ojos cerrados y una mueca de satisfacción en el semblante. Los años apenas han hecho mella en él. Su mujer me cuenta que está mejor de lo suyo. Y sonríe, aunque por dentro tiene las entrañas crispadas. Yo le sigo viendo como aquel día de junio. Elevándose como una exhalación entre todos los demás, dispuesto a rematar mi pase que lentamente, casi teledirigido, llegaba a su cabeza desde la banda. Todavía estoy allí. Luis no es ese cuerpo que duerme consumido con los párpados cerrados. Ese es un extraño.
