... estás vivo, cabrón


El joven soldado atravesaba la carretera con el niño cogido del brazo mientras escupía torbellinos de fuego negro con su fusil de asalto. Al menos había percibido dos impactos en su chaleco. La luz le cegaba. No podía ver con claridad de donde venían aquellas desperdigadas ráfagas de disparos. Era mediodía y el sol estaba en todo lo alto. A apenas diez metros sus compañeros le cubrían disparando con todo lo que tenían mientras un helicóptero machacaba la posición enemiga. Bajo su cubierta el bebé lloraba sin consuelo, sólo le pedía a Dios que ninguna bala le tocara. La manta que lo cubría estaba ensangrentada, pero era lo único que había podido encontrar para tapar al pequeño antes de salir de aquella casa medio destruida. Sobre el suelo yacía una mujer morena que lo debió proteger del derrumbe… su madre seguramente. Estaba muerta, como los otros dos chiquillos que yacían a su derecha junto a un hombre de larga barba blanca. Los habían matado a todos. Nosotros o ellos, se decía, ¿ quién sabe?. Para él, eso ahora, carecía totalmente de importancia.
¡ Mierda!. La munición del cargador se había agotado. Las piernas le pesaban toneladas después de haber estado todo el puto día pateando aquella maldita aldea. ¡ Disparar, disparar!, gritaba sin parar en tanto podía entrever como una columna de fuego purificador lanzada desde los cielos hacía saltar por los aires a los hombres que inútilmente habían estado tratando de abatirle.
Apenas llegó a la tapia, se tiró al suelo, entre sus camaradas que no dejaban de pegar tiros ni un solo instante. Atropelladamente abrió la mantita y examinó al crío. Estaba intacto, muy sonrojado, y no paraba de llorar. Los hombres lo miraban de reojo y seguían disparando. Cargó su fusil, el teniente no paraba de pedir a gritos ayuda médica. Durante un instante miró la carita del chiquillo y le dio gracias a Dios. La explosión de un blindado a medio centenar de metros los arrojó a todos al suelo. De repente, todo, se vio envuelto en llamas. Al medico lo habían destrozado por completo. Fue un día muy largo…


Tras horas de intensos combates, ya de madrugada llegaron a la base. Tuvo que pasar por el hospital. La metralla le había atravesado el brazo con el que sostuvo a aquella criaturita rosa y azul. Preguntó por él al enfermero, pero nadie parecía saber nada de lo que había pasado allí. Alguien desde el pasillo le gritó: No te preocupes por el jodido niño, está ileso ni le han rozado. Compañero, has tenido suerte. Hoy hemos tenido doce bajas. Sonríe… estás vivo, cabrón.