
Tengo un amigo, ateo y comunista, ( nadie es perfecto) que suele decir que la Navidad es la mejor fiesta del año, por que a pesar del consumismo desaforado y su evidente carácter religioso, siempre te da la oportunidad de reconciliarte con aquellos que llevas peleado todo el año, y al menos por un día haber, entre comillas, algo de paz en el mundo. No deja de tener razón en lo que dice. Y ante un argumento como ese, me da igual si Jesús nació un 25 de diciembre y los pastores dormían al raso. Ya me parece un logro que celebremos el nacimiento de un niño en una remota aldea de oriente medio hace más 2.000 años y la paz, o al menos, que el deseo de ella nos una a la humanidad entera, aunque sea por un único día. Quizás fuera ese sin saberlo, su mayor milagro, aquel que obró ese hombre que cuentan crucificaron en el Gólgota. Y si las familias se reúnen, y cantan. Los amigos se reencuentran y olvidan sus diferencias. Y aquellos que hacen la guerra y matan, se distraen por un maldito día de su negocio de muerte y destrucción, y se emborrachan al calor del fuego. Es que en verdad aquel tipo, que vivió o no, existió o no, hizo el mayor milagro de la historia del mundo.
Poco importa, o para mí al menos, que el común de los mortales no celebren lo que significa realmente la Navidad. A veces, en un mundo como éste, los buenos sentimientos son lo único que verdaderamente tiene sentido. Los regalos, las comidas de empresa, las borracheras y los petardos, son los envoltorios… de ésta historia, y al final… todos, católicos y ateos, cristianos y comunistas, liberales y gays, lesbianas y abuelas de toda la vida, a los de derechas y a los de izquierdas, nos une el mismo deseo, queremos tener alguien que nos abrace fuerte y nos diga: ¡ Feliz Navidad!. Aunque luego pensemos con la clavícula de Marx, el que no tenía otros dos hermanos cómicos, y nos de por decir a todos: ¡ Feliz falsedad!.
Creamos o no, en aquel niño que nació hace más o menos 2.000 años, e incluso si ese día no queremos celebrar absolutamente nada, incluso si odiamos la Navidad y todo lo que significa… no está mal la idea de que por un cochino día los hombres y mujeres de éste planeta demos una oportunidad a la paz y los buenos sentimientos. Eso es infinitamente más hermoso que todas las Misas del gallo juntas, todo el marisco del Cantábrico, los artesanales belenes, y los pobres abetos cortados o con cepellón.
Mientras escribo esto, miro a través de la ventana y observo. Hoy es uno de esos días plomizos y gélidos en los que el cielo está blanco. Ni siquiera corre el aire, tan sólo hace frío, ese frío suave y viejo, que te cala por dentro aunque no te haga temblar. Es el preludio de ésta Navidad, un tanto extraña, de la crisis. Una Navidad, en la que nos van a intentar colar un millón de jamones ibéricos con regalo de un queso, un salchichón y un chorizo, también ibéricos. Sí, ésta es una Navidad en la que las patas del gorrino, como tantas cosas, cotizan a la baja, en tanto los intereses bancarios cotizan al alza. Unas fiestas en las que los de siempre celebrarán unas fechas entrañables y familiares, y los demás, los de nunca, más de lo mismo.
Pero está navidad, por lo menos a mí, me huele diferente. Huele a cabreo, y hasta a un cierto hartazgo. Huele a que las viejas fórmulas no se las come ya nadie, y que los que están convencidos, los que están en nómina, bien cebados en los márgenes del poder, o pastando en sus verdes prados, mamando de atiborradas ubres, no nos van a engañar más. En cuanto al resto, parias de la tierra, sin himnos ya caducos y trasnochados, por ellos, os podéis ir por los desagües, alcantarillas abajo y ser pura estimación de voto, que así por lo menos no tendréis que escuchar el mismo puto mensaje navideño de todos los años y el Especial de Raphael.
La navidad del pavo
El pavo debería ser, el único ser vivo, rectifico, debe de ser el único ser vivo, que de verdad tenga razones objetivas para odiar la Navidad; y pude que también los adolescentes, que están en la edad del pavo; y algunos especimenes que se quedaron en ella, revolucionarios de pastel y mala leche. Y los punkis que empeñaron su cerebro en los 80, huyendo las hombreras. Y los hijos del agobio y de la crisis, pero más del “ agobio”… de escucharlos. Y los enamorados hasta las trancas. Exculpados quedáis los que sufrís… pero, nadie más.