
El penalti es la esencia misma del fútbol. La gloria y el fracaso en un instante de magia e infierno. La soledad de dos hombres que serán héroes o villanos dependiendo de si la pelotita entra o no en la portería. Es una alegre imitación de la vida. Un disparo que acalla las guerras y los tsunamis. Un juego de niños en la playa con dos chaquetas por postes o la sensación del año abriendo el noticiero donde informarán de otra víctima de la violencia doméstica, el trágico fin de semana en la carretera, o del mendigo quemado en una acera cualquiera.
Luis es el portero de los locales. Su partido va tres a tres y está parando con seguridad durante toda la tarde. Las ocasiones se suceden alternativamente en cada una de las porterías. Es un partido de los que se llaman de ida y vuelta, hasta que su amigo Rafa ha trabado al delantero rival cuando iba a tirar a gol. Ya es mala suerte que faltando un minuto el árbitro pite penalti. El empate les daba el campeonato. No sabe que le da más rabia, si lo que ha hecho su compañero o la algarabía de los contrarios. Ahora tan sólo él puede dar el triunfo a los suyos, y siente como se le encogen las entrañas mientras el número cinco coloca el esférico con mimo en un punto ciego. Ahora no puede oír el cascabel del balón. Como el resto de sus amigos sólo es un invidente más. No es una figura, él vive de vender cupones y el fútbol sólo es otra pasión. Acaba de sentir el impacto de la bota en el cuero. Sin pensarlo se tira a la derecha. La noticia ese día es que el Barça ha ganado la liga.

















