El penalti


El penalti es la esencia misma del fútbol. La gloria y el fracaso en un instante de magia e infierno. La soledad de dos hombres que serán héroes o villanos dependiendo de si la pelotita entra o no en la portería. Es una alegre imitación de la vida. Un disparo que acalla las guerras y los tsunamis. Un juego de niños en la playa con dos chaquetas por postes o la sensación del año abriendo el noticiero donde informarán de otra víctima de la violencia doméstica, el trágico fin de semana en la carretera, o del mendigo quemado en una acera cualquiera.
Luis es el portero de los locales. Su partido va tres a tres y está parando con seguridad durante toda la tarde. Las ocasiones se suceden alternativamente en cada una de las porterías. Es un partido de los que se llaman de ida y vuelta, hasta que su amigo Rafa ha trabado al delantero rival cuando iba a tirar a gol. Ya es mala suerte que faltando un minuto el árbitro pite penalti. El empate les daba el campeonato. No sabe que le da más rabia, si lo que ha hecho su compañero o la algarabía de los contrarios. Ahora tan sólo él puede dar el triunfo a los suyos, y siente como se le encogen las entrañas mientras el número cinco coloca el esférico con mimo en un punto ciego. Ahora no puede oír el cascabel del balón. Como el resto de sus amigos sólo es un invidente más. No es una figura, él vive de vender cupones y el fútbol sólo es otra pasión. Acaba de sentir el impacto de la bota en el cuero. Sin pensarlo se tira a la derecha. La noticia ese día es que el Barça ha ganado la liga.

Una tarde

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Era una tarde cualquiera. Otro día de vacaciones. Salimos del crucero para ver otro templo más en otro remoto lugar bajando el Nilo. En otro remoto lugar de blancos y sudados uniformes de policías egipcios.
Compré a una mujer prematuramente envejecida un gorrito por diez míseras libras, mientras un niño saltando una oxidada valla me ofrecía algo tallado, pequeño y frágil. Apenas distinguí un trozo de madera. Al instante se abalanzaron sobre él tres fornidos gigantes con sus porras levantadas como tres negras serpientes y llevándoselo tras un muro dejaron escapar unos desgarradores gritos.
Algunos levantaron la voz. Yo preferí mirar el arbusto quebrado frente a la tapia, el pueblo desvencijado tras el horizonte, sacar la simple fotografía de un árbol cercano... Todos, con nuestros pasaportes europeos protestamos, sin darnos cuenta de que aquel lugar está muy lejos de la rancia Europa. Mis ojos estaban asustados y vacíos.
Se llevó la tarde unos resecados gemidos y llegó la noche, y hablamos cenando, durante el cóctel, y hablamos, y hablamos, y al día siguiente fue domingo.

Palabras sueltas I


Hace apenas unos pocos días que ha muerto el cooperante español Vicente Ferrer. ( Me fastidia lo de cooperante) Me enteré del hecho por las noticias de una importante cadena de televisión. Tuvieron la sensibilidad de colocarla entre el enésimo atentado en Irak y la salida al mercado del nuevo disco de Paulina Rubio. Casi al final, antes del fútbol, fue un detalle. Después de reflexionar un buen rato escribí esto... sobre un hombre bueno.
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I
Las horas del crepúsculo embotan la mente. Emborronan los recuerdos. Nos encadenan con recios grilletes.
II
Las farolas alumbran la infancia. Desgajan soledades entre las sombras. Son la penumbra de mis verdades.
III
El tiempo derrumba gigantes y molinos. Nos devuelve otra vez a la orilla. Nos circunda de falsas inquietudes.
IV
Lo que no me gusta lo ignoro. No me pertenece. Es de otro lugar. No me cala aunque me salpique entero.
V
Recojo la ropa doblada y pienso en las lágrimas huecas de otro ser humano. Lo he visto escrito en imágenes.

La noticia


Cuando la mar está en calma trae muertos, rumiaba sentado sobre la roca a la que acudía todos los días a la caída de la tarde. Padre y hermano habían partido hace tres días. La noche era cerrada, sin luna ni gendarmería, y en la playa azul el silencio de la barca rompía la espuma tibia de las olas. Aquel hombre cimentado de desesperación le despidió con las manos frías del alba en sus mejillas de niño. Le dijo que cuidara de mamá y sus hermanas, y le sonrió alejándose en la oscuridad.
El estrecho tiene alma, Dios lo sabe, le dijo su abuelo por la mañana mientras su madre calentaba el desayuno. Solemne y callado lloraba por dentro en un rincón del salón, en una esquina de la vieja alfombra con su té caliente entre las manos. En el cielo no quedaban ya más nubes, sólo un espejo por donde el sol se iba apagando con lentitud buscando otro lugar en el mundo. Guardadas lejos quedan sus ardientes lágrimas.
Volviendo a casa encontró a su amigo Mohamed mirando por la ventana de su vecino que tenía la televisión española puesta. El Real Madrid ganaba tres a cero, le señaló entusiasmado. Cuando miró a la pantalla tan sólo vio el rostro de su papá muerto mientras un hombre hablaba y hablaba.
No pudo ver el segundo tiempo. La felicidad de los aficionados festejando el golazo en falta directa de aquel inglés. Fue el partido del año. Nadie pudo hablar de otra cosa al día siguiente. Fue la noticia.

La muleta

Tu ausencia la grita en el rincón la muleta
Con su delgadez de plata y sudor
Añora a su compañera de fatigas y silencios
Como yo te añoro cebolla de mis noches
Y sin ese abrazo de miel soy trozo de sábana
Cama con hombre perdido en la nada
Arqueólogo de muletas lejanas que han de volver
Llenar de alegría las grietas de la madrugada
Y silbar como los locos a las piedras bobas
Es reír y sangrar sin ver el momento de abrazarte
Como un pedazo de piel que se ha ido
Con la muleta descalza amiga de desgracias
Alumbrando días de olores a tomillo y albahaca
El hueco de madera espera de azul añoranza
Quedo lento y sin movimiento
Esperando el girar de los pensamientos
Miro a la muleta centinela del cansancio
Los huesos se sonríen desvelados

Retratos II

Dalia


Hay miradas llenas de llantos secos. Ojos cansados de servir copas noche tras noche a los mismos tipos desagradables de siempre. Cadenas invisibles los atan a una barra con olor a alcohol viejo. Estantes con botellas caras esperan a esas damas extrañas, como de paso por la vida. Como Dalia.
La sed viene de lejos. Sale a borbotones por entre las manos de Cris e inunda un vaso sin fondo donde se han olvidado los años bárbaros. Donde alguien escribía en una libreta frases incoherentes. Allí los hombres de gris con sus armas grises mataron su alma poco a poco, royéndola en su alcantarilla. Fue el refugio de sus sueños donde enroscarse cada noche a un whisky on the rocks. Fue el hogar de los que perdieron: De Cristiano, un cincuentón camarero portugués, y de Dalia, una dominicana recién llegada que ejerce la prostitución cerca de su bar.
El la ama en silencio cada noche mientras la sirve un gin tonic de Larios. Y se revuelven sus entrañas calladas atendiendo como desde el fondo esos borrachos de mierda la llaman puta. Ya no tiene dentro aquel extraño fuego. La fuerza de la juventud cuando el mundo era una roca a la que dar patadas en un escarchado día de invierno.
Mañana no vendrá a trabajar. Los ebrios tendrán que buscar en otro lugar mujeres a las que insultar. El estará con Dalia en el hospital donde la llevará malherida por tres hombres buenos.

Llanto

Tus lágrimas son semillas serenas
De mujer guisando miel y azahar
Giro estroboscópico cortando de la cebolla
Pedazos de cielo y hambre antigua
Para mi sed la armonía
En el voltear del mundo una peonza
Del niño que rie dentro en una esquina
Amándote como un cielo protector
Guardando cada beso en un cofre de llanto
Caminando buscando al hombre
Colgado de un madero sin ataduras
Esculpiendo en la carne de las horas
Queda la noche y se hace duda
Quedando el mar donde el recuerdo habita
Siendo dura la luz que da la vida
En los rayos blancos la piel moribunda
Agria de sal como la luna
Frío el sol en el centro del universo

Retratos I

El beso


La madre Campos besa la frente de un niño triste, con un llanto roto, un dolor seco que se pierde en la tarde espesa de África. Lejos quedan los chicos abnegados de Médicos sin fronteras y las reporteras buscaglorias de CNN. El aire de aquel barracón es denso, cálido como el abrazo de una madre, pero sin esperanza ni mañana. Aquel es un lugar donde van a morir después de andar cientos de kilómetros madres e hijos infectados de VIH, es un lugar que no existe, en medio de ninguna parte.
Los caminos que llevan a ese lugar están plagados de hombres armados y bestias. Niños hombres que violan a esas mujeres o las acribillan con sus kalasmikov. Serpientes que muerden a los niños mientras sus madres son destrozadas por leopardos y hombres, y la tarde es calima bajo un cielo donde Dios mira hacia otro lado mientras María Campos besa a un niño ya casi muerto con su dulzura cosida de humanidad.
En la pared del dispensario, junto a la puerta, hay una cruz roja, pero es una ironía. Los soldados vienen a pasar a machete a sus enemigos muertos ya de sida y abandono. A matar a la extranjera que los cobija. No vendrán esos marines de recio aspecto ni los soldaditos modelos de cooperación española ni niñatas alternativas sin fronteras ni ONGetas, nadie. Nadie oirá nada, como las voces de los que piden en la ciudad, como no se escucha a los que sufren en una cama de hospital, como no se escuchan a los…

Abigail el de los gatos


Desde la ventana le veo pasar con su carrito desvencijado y el gabán raído. Le sigue una corte de gatos. Elegantes. Rubios, negros, grises, con un pedigrí ya olvidado por sus dueños. Es el paladín de la noche que siempre pasando en la misma hora por delante de mí viene con el ensueño a mis ojos. La desnudez desvelada es rota por el chirrido leve de las ruedas de sus cachivaches. Una vida entera de recuerdos en revistas viejas, ollas roñosas y tejidos que los años han vuelto andrajosos. Es la suma poética y fantástica de todas las nostalgias y de un amor que se perdió en el fondo de una botella.
Siempre pasa en la misma hora por el mismo parque para recoger las latas y esas cosas que no puede explicar porqué tira la gente. Aun recuerda el día en que se encontró un billete de cinco mil pesetas. Se dio un festín digno de una saturnal romana. Queda lejos. Tanto como esos cinco jóvenes que al otro lado del jardín vociferan sus ofensas de alcohol y odio. Uno de ellos le ha visto empapado en ira. Como lobos hambrientos corren hacia él con sus garras de metal y madera listas para golpear. Abigail da amablemente las buenas noches al primer muchacho cuando un golpe de acero le rompe la boca. Un sopor tibio se apodera de su carne. Desde la ventana unos clamores bárbaros son lo único que se escucha. Frente a mí una mujer grita tapándose la boca horrorizada. Muchas luces se encienden, pero será un instante. A nadie le importará aquel hombre que me traía el sueño.

Las mantas


La celda era tan fría como aquel jodido febrero. Recordaba la vieja historia que había oido de niño. Hablaba de un hombre que esperaba preso ser ejecutado en unas horas. Su última voluntad fue que le dieran pinturas y una tela sobre la que poder dibujar aquellos campos en los que jugó de chaval. Así fue que pintó el camino de su infancia y por el se escapó. Amaneció el día y los hombres que debían fusilarle encontraron el calabozo vacío.
Tener dos mantas era bueno, pero no podía dibujar como su compañero que aunque pasaba frío por no tener ninguna bosquejaba retratos de Jesús y todos los santos que eran cientos con aquellos lápices tan brillantes. Le pidió al hombre que le dejara sus preciadas herramientas pues necesitaba ver las caras de su mujer y su hijo aunque sólo fueran recuerdos en papel. No le visitaban nunca y estaba comenzando a olvidar sus semblantes.
Se negó a prestárselas, pero le ofreció cambiarlas por las raídas mantas que le resguardaban del relente de la noche. Le pareció un buen trato y apenas las tuvo en su poder empezó a dibujar compulsivamente. De su mente brotaron horrendas imágenes en las que podía ver los cuerpos mutilados de una mujer y de un niño de corta edad, y lentamente fue recordando como mató a su pareja loco de celos una tarde de domingo y fútbol, y más tarde al bebe en la cuna asfixiándolo con su pequeña almohada. Aquella noche sintió el frío más duro y más adentro. Las mantas cubrían a un hombre extraño que dormía tranquilo.