El ser insomne I

Juego con un dado cubierto de escamas
En el caminar sigiloso de un sueño
Templando mi alma sin algaradas

El agua sin su fe azul recorre el suelo
Tiñe las rocas claveteadas de notas

El arco tensa su canción sin pulsos
Reparte caramelos amargos entre sus hilos
Pasa rozando las pantorrillas metálicas del viento

Espacio los gritos, saltan cientos de letras
Recojo las líneas mordisqueadas que se pierden
Abandono algunos pedazos ínfimos llenos de mí mismo
Algo se deja inútilmente dentro de la tinta

Espere a mañana


La noche es larga cuando se espera y esperando estaba Conrado a que abrieran aquel maldito lugar al que comenzaba a coger cariño de tanto ir a sellar y recoger papeles. Sus huesos de cincuenta y muchos años quemaban como fuego esperando el amanecer que no llegaba. Era una de esas noches de finales de mayo en que de madrugada refresca. Sacudió la cazadora que su esposa le compró hace tantos años cuando fueron a Rosario con Boca recién casados.
No había día que no la recordara, ya fuera en la cocina haciendo la cena o con su hijo Fidel en los brazos dándole de mamar. La perdió como tantos otros en esa tempestad feroz que barrió la Argentina aquellos años. Unos hombres vestidos todo de negro se la llevaron en la noche y el llanto del bebé se perdió con ella. La veía allí, parado junto a esa puerta donde esperaba haciendo cola a que abrieran esa suerte de paso al edén, al otro lado de la calle, sonriéndole con la misma expresión de aquella mañana de verano bonaerense cuando marchó al taller con sus besos de miel y juventud.
Un coche de la policía nacional paró junto a él bajándose dos chicos jóvenes, un hombre y una mujer que se aproximaron a su altura. No eran como aquellos animales que le habían torturado varios años atrás con duchas bajo cero y descargas eléctricas en los genitales. Hoy es fiesta y no se trabaja, señor, le dijo la agente sonriéndole. Hace frío para estar aquí esperando, váyase a casa a tomar algo caliente. Espere a mañana.

Tres goles


Encerrada en el lavabo de la octava planta no dejaba de llorar. Se decía a si misma que podía haber hecho algo más. Repasaba mentalmente cada pequeño gesto de ese día; cada decisión, por pequeña que hubiera sido, tomada durante las últimas siete horas… Su corazón no pudo resistirlo y falleció. Fuera la algarabía era total. Hoy era la gran final y la gente estaba desatada…
Se marchó para su casa pasadas las ocho en punto. Cogió el coche como cada día, pero las calles estaban vacías. Puso un compact y respiró el aire sucio y convulso de la ciudad. Una ciudad que a esa hora parecía diferente, un lugar extraño y abandonado. Mientras la amargura se refugiaba en sus tripas como una alimaña, una vez más volvía a analizar cada pequeño detalle de aquellas horas sin darse cuenta de que a veces las cosas simplemente no salen bien. Pero su mente no era capaz de procesar algo tan sencillo y no dejaba de darle vueltas, y vueltas, y vueltas…
Abrió la puerta de su casa y sintió el estruendo de los cimientos zarandear en un grito brutal y arcaico todo el edificio. Acababan de marcar el primer gol. Se desnudó apresuradamente y se introdujo en la ducha. El agua caía dulce cual azúcar, necesitaba quitarse enseguida de encima ese olor a fracaso y quirófano. Y luego ver una película estúpida comiendo un sándwich de pollo, lechuga y huevo duro. Aquella lluvia tibia recorría cada centímetro de su desesperación, pero no se llevaba su pena; y cayó el segundo gol, y dejando los ojos vueltos hacia el infinito volvió a llorar.
Ya sentada en la cocina frente al bocadillo y una copa de vino, observaba la capital completamente chamuscada en medio de la noche. La toalla cubría su desnudez todavía empapada. Se sentía más sola y vacía de lo que había estado nunca. El teléfono sonó por tres veces, pero prefirió no cogerlo. Dio un mordisco a su cena mientras las paredes volvían a estremecerse de nuevo. Los alaridos y las risas afiladas la rodearon como una cáscara dura y considerablemente dolorosa. Sonaban a castigo, como intentar encender una bombilla fundida. Incluso el vino que le trajo su padre sabía esa noche amargo.
Prefirió acostarse temprano, en tanto la urbe ardía a través de los televisores contemplando la entrega al capitán de la selección de la copa del mundo. Cerró lentamente sus ojos al compás de los brindis y las celebraciones, y en sus sueños por fin se liberó.

Esa anciana orgullosa

Ojos que escuecen con sal amarga
Vieja dama de versos renegridos
Gritona de una mar frágil y juguetona
Quien te dejó caer tan quebradiza

Boca perfecta perfumada de llagas
Tintura exquisita de flores secas
Déjate sobre la cuadrícula anversa
La rabia sorda de su propia sed

Vuelve los párpados velas al viento
Desenreda los nudos amados y cadavéricos
Quiebra tu rodilla sobre una fría locura
Mi mano se agita en un adiós reflejo

Escucha mi pedazo de pena íntima
Dispara tu perdón contra los barcos
Hipnotiza a los necios con tus cantos falsos
Arráncate ese vacío anzuelo de los labios

Una mujer


La música allí dentro estaba demasiado alta. Mis amigos se movían como un par de maniquíes totalmente estúpidos al compás de una canción inclasificable. Trataba de no perecer de aburrimiento mientras observaba a algunas chicas y otras se fijaban en mí. La vi al otro lado de la pista de baile en tanto daba un trago distraído a mi copa. Era una visión absolutamente celestial. Me parecía que ella también se había fijado en mí, y daba la impresión de estar sola. La verdad era que me daba una pereza enorme enrollarme con ella. Iniciar toda esa aburrida parafernalia del cortejo otra vez, ¿ cuánto hacía qué lo habíamos dejado, nena?. El caso era que no podía dejar de mirarla. Tenía unos ojos preciosos, enormes… Mientras estaba allí parado sin saber muy bien que hacer se había sentado a su lado un tipo elegante que parecía tener un profuso discurso que largarla, así que decidí nuevamente concentrarme en mi vaso. Mis colegas parecían haber ligado con tres bien cebadas luchadoras húngaras y no dejaban de hacerme aspavientos para que me acercara hasta ellos. Dios, cada vez aquella noche se me empezaba a parecer más al infierno. Decidí apurar rápidamente mi bebida y pedirme otra. Si aquello era el averno, la camarera era una genuina diablesa con los hielos y apenas me la puso me encaminé de nuevo hacia ellos.
Mi amigo Jacinto, más borracho que de costumbre, me las fue presentando con cruel parsimonia, casi como si de una entrega de credenciales diplomáticas se tratara. Vale, lo entendí… Yo me quedo con la fea. Hablamos de nada, mejor dicho la escuchaba o al menos ponía cara de hacerlo. Sí, no, a veces, ya sabes… y de reojo miraba a la otra mujer que también de reojo me miraba. Las canciones se iban sucediendo en un ciclo demencial, a cada cual peor que la anterior, y mientras hablaba y hablaba nos movíamos como dos peces intentando respirar fuera del agua. Y aunque resultó que no eran miembros del equipo de lucha grecorromana de Hungría eran de lo menos fascinante. Creí entender que las tres trabajaban en el edificio de enfrente, en la cuarta planta… que era un banco o algo así.
Mientras me iba marchitando por dentro vislumbre aproximarse a mi espalda a la mujer a la que en ningún momento había dejado de mirar. Tan sólo me dijo: Vengo a salvarte. Y comenzamos a hablar. Resucité. Paco me dijo al oído: ¿ Qué haces?. A ti que te parece, le contesté. Poco a poco nos fuimos perdiendo por el local rumbo a los lavabos. Debí de escucharle antes, pues aquella visión celeste, aquel mágico ángel, tenía un magnífico animal en reposo. Tras media hora larga de besos y furtivas caricias fui a metarla mano y me encontré semejante bestia. Y aunque huir es de cobardes y yo soy un tipo muy abierto… volví a Hungría. A la seguridad de Europa central… que en medio de la pista me estaba esperando, yo todavía con la mente sucia por aquellos treinta largos minutos en… Brasil.

Un cartón de vino


El invierno es duro en la calle. La lluvia cala quemando hasta los huesos. Los tejidos se enroscan como arterias sucias recorriéndote el cuerpo. Sólo es la búsqueda de un poco de calor. Calor de hogar, calor de un cigarrillo, o el falso calor de un cartón de vino peleón, y cuando la noche cae, una cortina en hilos de fina tristeza se deshace sobre la acera y es la hora de resguardarse. Y en el abrigo del portal vomitar rencor y palabras que aceleran el paso de los viandantes y sacan fuera la severa ternura de los policías mientras la ciudad se va envolviendo en una sábana de aburrimiento.
El viejo kiosco, biblioteca municipal en otro tiempo, se retorcía bajo el crepitar de unas gotas cada vez más dulces. Aquel hombre de facciones impúdicas no veía la hora de volver nuevamente a su hogar de cartones bajo aquel techo en desahucio que ayer albergaba libros y hoy ya tan sólo las quejas de unos afables vecinos a los que el agua no alcanza ni endulzará su piedad dominical de misa de diez, pues únicamente tienen olfato para ver lo que afean dos mendigos harapientos frente a un portal tan decoroso.
Mañana por fin traerán la escavadora. Y adiós a los insultos de borracho, a las malas palabras, a los orines y a la mierda. Y el portero como siempre cortésmente nos abrirá la puerta y sobre ese cartón de vino peleón olvidado meará el estúpido perro de la mentecata señora del quinto derecha algo parecido a Número 5. Lloverá, y lloverá más, y quedará solamente el olor a podrido.

No hay sed...

Una mujer de carmín infinito levita sobre la arena
Recita una a una las olas del mar en poema
Se desnuda tras una nube que no trae lluvia
Abre su pecho dejando salir hambrientas bestias

Corro a través de los páramos imaginados en negro
Huyo de las dentelladas escritas en los libros viejos
Tras la puerta que late están los escombros mojados
Golpeo su férrea carne dibujando surcos de llanto

No hay sed en la soledad de sus entrañas
Ni ocasos guardados en su horizonte sin raíces
Trazos que vacíos abren sus claraboyas en las manos
Quedo ciego detrás de unos ojos que se desvanecen

Despierto en la oscuridad sin estrellas de un abrazo
Bebo despacio la lentitud de las letras arrugadas
Repaso sobre la tarde el aroma sutil de las hojas escritas
Me disuelvo en el fruto vibrante de un marchito regazo

Filantropía

I
Hace unos pocos minutos que ha empezado a correr una brisa fresca. Estoy absorto mirando el movimiento del agua de la piscina. Mi perro descansa a los pies de la hamaca. En la quietud de la tarde no pasa nada.
María está haciendo la cena. Julián está regando el jardín. Mi mujer como siempre habla que te habla por teléfono y sobre la mesa de madera me ha dejado la prensa. Hoy he optado por leer a Neruda, ésta última hora he decidido que no existe la guerra. Que la vida ha sido un sueño que sabe a cerveza mientras los pájaros esbozan escorzos en el aire. Dios calla y asiente. Observa inmóvil sin llorar ni una lágrima.

II
De todas las tonterías que he hecho en mi vida, la más estúpida de todas fue enamorarme en mi juventud de una chica que era una autentica imbécil. Ahora lo sé. Dos malditas generaciones la separan del arado aunque siempre se haya creído una princesa.

III
A veces cuando pensamos en la pobreza solemos volver la vista sobre algún remoto lugar de Africa y nos olvidamos que ésta se halla más cerca de lo que imaginamos. Algunos días ( escasos) voy a una parroquia y colaboro un poco con Ernesto y Claudio, dos sacerdotes que como dicen algunos no parecen formar parte del clero. Son dos buenos amigos. Con ellos reparto comida, o simplemente escucho al que tiene la necesidad de ser oído. Me parecen labores esenciales. También alguna vez alguien me ha dicho que soy un buen cristiano, hay que joderse… pero lo que si puedo decir es que Dios hace milagros todos los días.
Dar de comer al hambriento y de beber al sediento. 2.009. Lo tendríamos que tener ya superado, pero no es así… ¿ Cuánto gastan las grandes marcas en publicidad, cuántos excedentes acaban destruyéndose?. Ese es El gran Satán de nuestras economías. Y lo más divertido: Luego todos esos malditos empresarios ( o como dicen ahora los nuevos gilipollas, emprendedores) se dan golpes en el pecho como si estuvieran en misa de doce; dan cientos de miles de millones a causas benéficas que desgravan; y despotrican contra la escuela laica y sus prejuicios mientras revientan a sus equinos caminito del Rocío.

El hambre es esa plaga que creemos tan lejos, pero que está aquí. Y no es culpa de tal o cual presidente. Es culpa de nosotros. De todos nosotros. De la voracidad de nuestras carteras. No hay política que valga, todos alimentamos a la bestia… apadrinemos un niño de Mali o sentemos un pobre a nuestra mesa. Matamos desde la derecha, matamos desde la izquierda, o desde nuestra ignorancia… matamos sin tomar ninguna postura, pasando. Matamos dando algo, desde la cena de los viernes y el cine de los sábados. Desde nuestras vidas demasiado ocupadas. Vamos de progres, de ecologistas, de solidarios… es inmoral. Lo siento en el chocolate que reparto con paquetes de galletas de marca blanca. Lo veo en los ojos de aquellos que la vida ha arrasado.

IV
Apoyemos la conservación de los árboles del Paseo del Prado. Adoptemos a un parado para sentirnos como auténticos filántropos. Restablezcamos el territorio del lince. Son tantas y tan nobles causas. Aquí también hay hambre… de sarcasmos.

En pedazos, arden...

Entra tímida la luz agotada por la tarde
Canta el pájaro de la memoria recogido en mis cuencos
El calor derrota el trigo y las rosas
Pierde su aroma la mirada de una nube alejándose

Esconde su grave chirrido una mariposa alegre
Se reencuentra la gota escribiendo sobre la roca infinita
En pedazos, arden sobre el pedestal idus y rayos
Turbios ríos que parlotean felices corriendo sobre las hojas

El polvo lame las heridas a las cortezas del bosque
Caen de pie dicharacheros los recios tambores del cielo
Ecos magníficos resuenan perdidos en la boca
Los ojos mendigan las sombras y otras ensoñaciones

El encuentro de los años se desfragmenta en lazos
Es dolor hambriento de noches sin luna
Una fiera que guarda los besos remembrados
El sabor encanecido sobre el viejo muro de una estrella

Recitaré con calma cada verso hecho jirones
Pediré a mis dedos la sed de tus inquietudes
Olvidaré hasta tu nombre de fresa y menta
Sentado dentro del vientre azul escucharé marcharse el verano

Tocata...


Faltaban dos minutos para las once en punto. La espera se me estaba haciendo eterna. El maldito cigarrillo se me había consumido entre los dedos y allí no pasaba nada. El sonido del motor al relentí resultaba extrañamente hipnótico. Por la calle caminaba la gente como cualquier otra mañana, pero allá estaba con ese maldito ruso que no decía absolutamente nada. Tenía la boca seca y se me habían acabado los caramelos de menta… ¡ Cuánto falta!. Cuarenta segundos me resulta todavía una eternidad al lado de éste tío tan feo. Joder, que mal huele. Hay un silencio extraño. No parece lunes.
Ha debido pasar algo. Ya es la hora y por aquí no aparece nadie. Mi acompañante se está empezando a poner nervioso. Ya ha mirado por dos veces el tiempo. Lleva un bonito reloj. Parece de oro, y bueno, no una de esas imitaciones baratas que trata de colarme Santos. Tengo un mal presentimiento. No me gusta que me empiecen a sudar las manos. Mierda, ha debido de pasar algo.
Mierda de plan perfecto, algo ha tenido que salir mal. Dentro de cuatro minutos y 20 segundos se nos echaran encima como una partida de orangutanes en celo. ¿ Cuánto más debo esperarles?. Este puto ruso no deja de mirarme, si por él fuera hace tiempo que se habría largado. No para de meter y sacar la mano de esa horrenda chaqueta. Ya son cuatro minutos. ¡ Vamos chicos!. ¿ Qué cojones pasa ahí dentro?. Debería haber pedido más dinero, el diez por ciento ahora mismo no me parece suficiente para los riesgos que estoy asumiendo. Será un trabajo fácil, suave… Joder, suave decía. Si éste imbécil no deja de hacer ruiditos golpeando el maldito anillo juro que le corto el dedo.
Tres minutos y treinta segundos. Voy a entrar, así sabré a que atenerme… Un minuto, no espero más. Me largo. Los estoy empezando a tener de corbata. Debería haber pedido al menos un veinte. Un veinte hubiera sido lo justo. El puto Dimitri se está poniendo tenso como un arpa. Creo que me ha pedido que arranque. Un minuto, no pienso dejarles más tiempo. En cualquier momento éste hijo de puta me pega un tiro en la boca. ¡ Esperaré un puto minuto, joder!.
Hay gasolina suficiente… Trato de no pensar demasiado, pero los segundos están cayendo lentamente. Pienso en mis doscientos treinta mil. Me llevaré a Borja a la playa. Creo que le gustará Elena, pero para eso primero tengo que salir de ésta. Dos minutos, cincuenta segundos. Cincuenta segundos y me piro. Agarro el volante con fuerza… Este tío acaba de sacar una automática. Debería arrancar ya. Mierda… ¡ Salir hijos de puta!. La calle parece tranquila. Vale, cuarenta segundos, ni uno más. El ruso loco parece que se tranquiliza. Joder, con lo bien que estaría ahora en la cama practicando la postura número dieciséis…
¡ Ya salen!. Venga, venga. Acelera cabrón…
Me gusta ver a mi hijo jugando en la playa con ella. Ahora que todo a pasado sudo sólo de pensarlo, creo que me tomaré otra cerveza. La camarera se acerca con sus contoneos cadenciosos… sexy. La he pedido otra cerveza y unas gambitas que están de muerte.

Toñín


Tonín vive tras una puerta azul en la única casa blanca que hay en su isla frente a las costas del África continental. Esta mañana se ha levantado temprano para respirar con prontitud el aroma de la espuma del mar galopando sobre las afiladas rocas. El té caliente mima sus manos mientras la esposa de Jimmy prepara con calma el desayuno. Hoy es domingo.
Los huevos revueltos de Mayra están deliciosos, y el pan recién salido del horno, saben a amplios pedazos de una sustancia que se le escapa. ¿ A qué sabían los besos de María?. Cinco años atrás la vida no importaba. El agua de la piscina era azul y verde el green del hoyo nueve. Mira y vive, vive y sueña, recordando las cosas que no interesan mientras observa jugar a los niños en la tierra. Ingrávidos sus perfiles como las hojas nuevas de la carta que nunca termina y deja en la alacena.
Irán a bucear ésta mañana como casi todos los días. Hace mentalmente los preparativos dando un trago a la taza. La luz ya entra a raudales por la ventana llenando de alegres colores cada rincón de la cocina. El pan sabe a gloria en tanto las gaviotas chirrían inmóviles sobre el cielo. Gráciles las tortugas se mueven cadenciosas bajo el agua.
De hoy no pasa, piensa en terminar la misiva inacabada y mandársela a su padre. Le dirá que no quiere volver para que lo internen en otro carísimo hospital. Todo lo que necesita está con él. Dios, su balanza, y el inmenso océano incompleto.
Toñín vive, y eso es lo importante, vive, entre certezas sutiles. La sal, el calor, las olas… las camisas tendidas al viento como lung-ta. Los huevos revueltos de la mujer de Jimmy. Las sonrisas, la luz del trópico, la suave brisa…

No Natalia, no


Acariciando su gata estuvo toda aquella tarde. Enroscada con ella en el sofá. Con un café recalentado más de seis veces del que apenas había podido dar un sorbo y la mirada perdida en el vacío. Cada cierto tiempo, mirando de reojo esas viejas maletas, intentaba sacar el valor para continuar. Se decía a sí misma que se había colmado el vaso aunque sabía que se colmo hace mucho y que si aguantó carros y carretas fue por Natalia, su hija, que era tan cabezota e exaltada como su padre.
Se levantó ciñéndose en su gabardina gris y cogiendo sus bultos se fue. Olvidó las llaves. Olvidó echar tierra a la gata. Olvidó hacer la cena esa noche y coser la falda del colegio a su hija. Olvidó ir al banco a pagar la contribución. Olvidó pasar las facturas del negocio al ordenador. Olvidó lavar la ropa. Olvidó hacer las camas. Olvidó limpiar la casa. Olvidó fregar los platos, y hasta la felicidad olvidó cuando miró a su ojo morado. También olvidó el dejar cerrada la puerta y en la tarde que caía sutil como el agua de la lluvia, se perdió.
Esperaba que arrancara el autobús cuando vio salir del automóvil familiar a su marido y a su hija. Ni la miraron. Como iba a ser ella la mujer de la gabardina mojada y las maletas viejas que sentada en aquel vehículo de pobres y fracasados se perdía a lo lejos. Por un instante quiso volver sobre sus pasos y entonces escuchó a un hombre insultar a su mujer por el móvil llamándola florero inútil, pero aquel no era su fiel esposo y aliviada se dijo: No Natalia, no.

Sólo otro día más...


José Luis mira la bocacha de su fusil de asalto G36. Ayer fue otro día duro de la insurgencia. No está seguro, pero creé que una de sus balas dio de rebote a un pequeño que cruzaba la acera con su madre. Por la noche no pudo dormir, no dejaba de darle vueltas a la cabeza. Uno de sus compañeros le dijo que no se preocupara por aquello, que eran gajes del oficio. Otro simplemente zanjó el tema con un: ¡ Qué se jodan esos hijos de puta!. José Luis mira la foto de su hija de cuatro años y llora, como lo hacen todos sus camaradas en Afganistán, silenciosamente, por dentro de sus uniformes. Observando la vida en suspenso por la guerra, guardando sus escombros en las pupilas, en el armario de los horrores humanos. Hoy tan sólo será otro día más. Espera poder ver a ese niño afgano pasear cogido de la mano de su madre. Hoy tan sólo es otro día de duro trabajo en Herat, en un lugar olvidado de la mano de Dios.
Mientras patrulla con otros soldados por una calle polvorienta pasa delante de ellos un viejecito sobre una oxidada bicicleta que se cae a pedazos. Lleva cien mil cachivaches en ella y agarrada a su espalda una niña ciega. Algunos niños más se acercan diciéndoles cosas incomprensibles señalando la bandera cosida sobre la guerrera. El sol le ciega los ojos por un breve instante. Le parece ver un reflejo sobre el tejado romo de una pequeña covacha de adobe… ¿ un insurrecto?. El reflejo es un cubo de metal sin asa. Sólo es otro día más… en el infierno.
Pasa lento el mediodía esperando el rancho. La hora de volver con el blindado a la base. José Luis mira la bocacha de su fusil de asalto G36 y recuerda su pequeño pueblo. El olor de la hierba húmeda cuándo llueve en el páramo. Su mujer cocinando en la casa nueva. Su hija jugando con la abuela. Entonces una bala le perfora el cuello mientras otra le muerde en un brazo… y comienzan a disparar. Hay un grupo de mujeres delante, una de ellas cae cosida a la mano de un niño. Herido pide que se hagan a un lado. Un hombre armado cae alcanzado en el pecho mientras a su lado dos más disparan hacia ellos. Otro niño cae frente a él con su carne azul reventada. Siente entonces como sus ojos se agrietan como un cristal roto cayendo sobre el acero y se le ilumina la sonrisa viendo al perro de su padre recostado a su lado, lamiéndole en el suelo.

El portero


La lluvia no había cesado desde que diera comienzo el encuentro en aquel barrizal infernal del norte. Durante los primeros ochenta minutos se había mantenido firme en su puesto sin encajar ningún gol. La semana pasada fue portada en toda la prensa del país tras anunciar que era gay. Nadie sabía como reaccionar, salvo los aficionados situados tras él que llevaban todo el partido llamándole maricón, y en los corners algún rival para descentrarle.
Los diez últimos minutos su equipo estaba asediando la portería rival con una furia increíble y por un momento dejó de pensar en el partido. Quizás las declaraciones aquellas fueron un poco forzadas. Si Aitor no se hubiera puesto tan pesado con aquello del compromiso. Que si se tenían que ver a escondidas como si fueran delincuentes, que si la familia no lo acepta ni el club ni la afición ni el país. ¿ Cómo podía soportar aquella presión?.
Y de pronto, aquel brasileño prodigioso salió de la nada y aún se pregunta cómo fue posible no verlo llegar. El efecto del balón era diabólico, pero parecía fácil de cazar. Y faltando dos minutos se le coló entre las piernas. La había cagado. Se quedó de rodillas en el barro mirando aquel maldito esférico parado tras la línea de cal e imaginó los titulares del lunes. “ Una loca jugada”. “ Se la metieron entre las piernas”.
Abrazado a su amor, aquella noche tardó un poco más de lo habitual en quedarse dormido y nada más.

La mezquita de plástico


Una noche cualquiera las estrellas brillan tras los pinos. Trozos humanos rezan a un dios menor que los niega entre las aguas negras de un arroyo generoso y viejo. Limpiamos nuestra alma entregando lo que nos sobra, lo que nos reconforta, lo que no es preciso… la basura, nuestra amada basura. En la encanecida Europa, en El bosque de la luna, paran los hombres de paso a orar a Dios entre el plástico y la calima, la arena y la añoranza, el sudor, el hambre, los buenos amigos. Trato de encontrar el lugar preciso de mi ira mientras la horrenda belleza de sus paredes me satura. Dios habla sin duda en éste lugar al mundo, no hay terreno sin duda más noble y más auténtico. Si mis ojos pudieran verlo, sin duda ninguna llorarían llenos de esperanza, condenados a vivir una mentira. La mentira de las piedras y los maderos, la vetusta quimera de los templos viejos y nuevos. Sólo trato de entenderlo, no pregunto su por que. Es una tela de araña sin finalidad ni principio.
Trato de encontrar rastros de juicio en todo esto, en ésta civilización occidental y azul que permite estos negros, ciegos, enigmáticos, atroces e invisibles dolores. La de unos pocos hombres buenos que cobijados entre el follaje del bosque piden a Dios tan sólo unas migajas de nuestro reino de los cielos. Trato de imaginar a que sabe el arroz de sus pucheros requemados. Si a sal y agua, si a aceite, si a gloria de las cosas benditas como sabían los guisos de mi abuela. Olor a tierra seca y madera quemada. Olor a nada, pues nada pasa. La Cruz roja seguirá repartiendo sus envíos puntualmente. Seguiremos mirando hacia otro lado. Escribiendo hoja tras hoja…
Quisiera yo también rezar a mi Dios cristiano con paradojas, un Jesús de piel oscura caminante eterno lleno de dudas. Hacerle algunas preguntas. Y con mi corazón abierto libre de ofensas pedir algo de cordura. Pedir a tantos poderes absolutos… a tanta y tanta basura europea.

Prueba y error

Hueles a roce de músculo sudado
Eres azahar guardado en las manos
Tiemblas en los ojos de un recuerdo
Te ríes como una mariposa de seda

Cantas en el aire de un pétalo herido
Te enfadas como el juguete perdido de un niño
Levantas las llaves que abren las naranjas
Saboreas los ecos azules de una lisonja inacabada

Emanas tornillos de agua por la boca
Observas el vuelo de las palabras encalladas en las vetas
Creas los cien caminos de un borrón reciente
Te nutres de un mínimo hito de cordura

La luna queda más cerca de los techos roncos
Las lágrimas esculpen pájaros de la materia de los sueños
De las madres de úteros secos nacen los tallos nuevos
Reprimo los desgarros de mis largas noches de desvelo

Oscuridad

Noches húmedas trazadas sin luna
Angosta sequedad hecha de caminos
Tercian sus armas arbóreos centinelas
Encogen sus afluentes los torsos desandados

Arrían su velamen clítoris mayestáticos
Caen desconcertados y marchitos los rayos del sol
La carretera esculpe curvas elípticas
Abrazo el llanto de un tren de sueños a vapor

Quiero desmoldar a los que niegan su voz al hombre
Quiero desprecintar a los que apuntan su cristal
Será preciso esconder la oscuridad en el hueco de tus manos
Despejar prosaicas incógnitas en meditación matemática

Habrá que cerrar las fronteras oscuras de tus ojos
No escribir con los dedos como poderosos centauros palabras de amor
Matar prontamente las causalidades salidas a vuela pluma
Abrir los negros márgenes del cuaderno y huir por ellos