
La música allí dentro estaba demasiado alta. Mis amigos se movían como un par de maniquíes totalmente estúpidos al compás de una canción inclasificable. Trataba de no perecer de aburrimiento mientras observaba a algunas chicas y otras se fijaban en mí. La vi al otro lado de la pista de baile en tanto daba un trago distraído a mi copa. Era una visión absolutamente celestial. Me parecía que ella también se había fijado en mí, y daba la impresión de estar sola. La verdad era que me daba una pereza enorme enrollarme con ella. Iniciar toda esa aburrida parafernalia del cortejo otra vez, ¿ cuánto hacía qué lo habíamos dejado, nena?. El caso era que no podía dejar de mirarla. Tenía unos ojos preciosos, enormes… Mientras estaba allí parado sin saber muy bien que hacer se había sentado a su lado un tipo elegante que parecía tener un profuso discurso que largarla, así que decidí nuevamente concentrarme en mi vaso. Mis colegas parecían haber ligado con tres bien cebadas luchadoras húngaras y no dejaban de hacerme aspavientos para que me acercara hasta ellos. Dios, cada vez aquella noche se me empezaba a parecer más al infierno. Decidí apurar rápidamente mi bebida y pedirme otra. Si aquello era el averno, la camarera era una genuina diablesa con los hielos y apenas me la puso me encaminé de nuevo hacia ellos.
Mi amigo Jacinto, más borracho que de costumbre, me las fue presentando con cruel parsimonia, casi como si de una entrega de credenciales diplomáticas se tratara. Vale, lo entendí… Yo me quedo con la fea. Hablamos de nada, mejor dicho la escuchaba o al menos ponía cara de hacerlo. Sí, no, a veces, ya sabes… y de reojo miraba a la otra mujer que también de reojo me miraba. Las canciones se iban sucediendo en un ciclo demencial, a cada cual peor que la anterior, y mientras hablaba y hablaba nos movíamos como dos peces intentando respirar fuera del agua. Y aunque resultó que no eran miembros del equipo de lucha grecorromana de Hungría eran de lo menos fascinante. Creí entender que las tres trabajaban en el edificio de enfrente, en la cuarta planta… que era un banco o algo así.
Mientras me iba marchitando por dentro vislumbre aproximarse a mi espalda a la mujer a la que en ningún momento había dejado de mirar. Tan sólo me dijo: Vengo a salvarte. Y comenzamos a hablar. Resucité. Paco me dijo al oído: ¿ Qué haces?. A ti que te parece, le contesté. Poco a poco nos fuimos perdiendo por el local rumbo a los lavabos. Debí de escucharle antes, pues aquella visión celeste, aquel mágico ángel, tenía un magnífico animal en reposo. Tras media hora larga de besos y furtivas caricias fui a metarla mano y me encontré semejante bestia. Y aunque huir es de cobardes y yo soy un tipo muy abierto… volví a Hungría. A la seguridad de Europa central… que en medio de la pista me estaba esperando, yo todavía con la mente sucia por aquellos treinta largos minutos en… Brasil.