
Eran las tres de la madrugada y conducía por la calles de la ciudad, estrictamente conducía. No podía dormir. Simplemente callejeaba. Seguía a algún vehículo, por pura diversión, por ver a donde iba, y luego seguía mi camino. Y algunos terminaban en un burdel de luminosos neones, y otros sencillamente, acababan aparcando, o introduciéndose en un estacionamiento. Era lo normal. Parados en los semáforos, algunas parejas dentro de sus coches se besaban de modo apasionado, otras en cambio, discutían y discutían con inusitada virulencia… y entre tanto los taxistas, se paraban en los bares que permanecían abiertos durante toda la noche y comían de fuentes metálicas, raciones y raciones de albóndigas insípidas de madrugada que amalgaman el estómago, produciendo gases de efecto invernadero. Creo que buscaba algo que había perdido, aun no sé lo que era.
Por puro placer hedonista, aburrimiento, o que sé yo, paré en uno de esos bares, faltando unos minutos para las cinco menos cuarto, era martes, y no hacía demasiado frío. Entré, di las buenas noches a un par de aburridos camareros que bostezaban al otro lado de la barra, pedí un café con leche con la leche fría, y me senté en una de las mesas desvencijadas que había al fondo de la sala. Estaba demasiado cansado, siempre estoy demasiado cansado, pero no podía dormir, tan sólo bostezaba, observando a una mujer relativamente joven aún tambaleándose entre las risas y los cuerpos de dos hombres maduros que la acompañaban. Su gris comercio de mierda me daba asco. Uno de esos tipos me miró de reojo, pero enseguida volvió a sus asuntos. Me producían tanta repugnancia, como los guiños de los meseros, mientras uno de aquellos tipejos les decía que se la dejaran un rato en la cocina para ver si les hacía una mamada. ¿ Qué podía hacer yo?. No soy una maldita institución de caridad. Me quedé allí observándolos. Tomando mi café. Viendo entrar y salir, chicos y chicas jóvenes, que resurgían de aquellos garitos que iban cerrando, y que recalaban allí, para tomar la penúltima, o un chocolate caliente, o tratar de aguantar la vomitona aspirando al mismo tiempo a suicidarse con una de aquellas apestosas raciones de albóndigas en salsa.
Nadie dijo nada, ni levantó un maldito dedo ante aquel abuso. Ningún John Wayne se bajó del caballo y dejó las cosas claras, dándoles un par de hostias bien dadas a aquellos desalmados. Nadie me dio una lección de hombría y saber estar… algo que yo mismo tendría que haber hecho por pura sensibilidad, aunque luego aquella fulana ajada me hubiera mandado a la mierda sin más. Allí me quedé tomando mi café, matando el tiempo. Descosiendo el insomnio. Sintiéndome un perfecto merodeador de ésta deshumanizada ciudad sin alma.
Por puro placer hedonista, aburrimiento, o que sé yo, paré en uno de esos bares, faltando unos minutos para las cinco menos cuarto, era martes, y no hacía demasiado frío. Entré, di las buenas noches a un par de aburridos camareros que bostezaban al otro lado de la barra, pedí un café con leche con la leche fría, y me senté en una de las mesas desvencijadas que había al fondo de la sala. Estaba demasiado cansado, siempre estoy demasiado cansado, pero no podía dormir, tan sólo bostezaba, observando a una mujer relativamente joven aún tambaleándose entre las risas y los cuerpos de dos hombres maduros que la acompañaban. Su gris comercio de mierda me daba asco. Uno de esos tipos me miró de reojo, pero enseguida volvió a sus asuntos. Me producían tanta repugnancia, como los guiños de los meseros, mientras uno de aquellos tipejos les decía que se la dejaran un rato en la cocina para ver si les hacía una mamada. ¿ Qué podía hacer yo?. No soy una maldita institución de caridad. Me quedé allí observándolos. Tomando mi café. Viendo entrar y salir, chicos y chicas jóvenes, que resurgían de aquellos garitos que iban cerrando, y que recalaban allí, para tomar la penúltima, o un chocolate caliente, o tratar de aguantar la vomitona aspirando al mismo tiempo a suicidarse con una de aquellas apestosas raciones de albóndigas en salsa.
Nadie dijo nada, ni levantó un maldito dedo ante aquel abuso. Ningún John Wayne se bajó del caballo y dejó las cosas claras, dándoles un par de hostias bien dadas a aquellos desalmados. Nadie me dio una lección de hombría y saber estar… algo que yo mismo tendría que haber hecho por pura sensibilidad, aunque luego aquella fulana ajada me hubiera mandado a la mierda sin más. Allí me quedé tomando mi café, matando el tiempo. Descosiendo el insomnio. Sintiéndome un perfecto merodeador de ésta deshumanizada ciudad sin alma.