El francotirador


Padre nuestro… me ocultaba entre las ruinas de un destartalado edificio que se caía a pedazos, que creo había sido un hospital para enfermos mentales antes de comenzar ésta absurda guerra. Desde aquí arriba mi visión era privilegiada, veía con total nitidez todo el ancho de la gran avenida que cruzaba la ciudad de un extremo al otro. De izquierda a derecha, y lo largo de centenares de metros, mi puesto de observación era realmente magnífico. La iglesia, los colegios, e incluso el viejo mercado junto a la casa de la abuela, donde me crié. Todo, absolutamente todo, me era familiar, totalmente familiar, y ahora, todo estaba destruido. Como si la ira de Dios hubiera caído sobre éste antaño hermoso y alegre lugar donde jugaban los niños...
Tras un murete de piedra, a unos ochocientos metros, se cobijaban un grupo de mujeres y algunos crios muy pequeños, que estaban agachados junto a ellas. Era mediodía, y todas juntas, comían pan y alguna clase de embutido que desde mi posición no acertaba a concretar. Parecía que por un momento los bombardeos de la aviación enemiga, y la propia, habían cesado, así como los disparos de nuestra artillería… Yo también tenía hambre, no era un mal momento para ponerme a comer. Abrí con el machete, una de esas horribles raciones que me había agenciado en el cuartel general y que nunca sabías que sorpresa llevaban dentro… Ésta, extrañamente estaba buena, hasta deliciosa. La desgusté despacio. Saboreándola entre algunas rebanadas de pan negro relativamente tierno, que me había guardado en un bolsillo de la guerrera ésta mañana, mientras visitaba a la teniente del economato militar. ¡ Qué bien me sabía!, era una lástima que no tuviera un poco de esa mantequilla, que hacía de pequeño mi madre, para untar entre los migotes espesos.
Pero tenía que hacer mi trabajo. Cogí el rifle y elegí al azar a una de aquellas mujeres. Localicé una chica joven dentro de aquel grupo que no tenía ningún niño junto a ella, y la situé en el centro justo de los indicadores de la mira. Me sequé la palma sudorosa de mi mano derecha y disparé sin más… Fue un impacto certero. Todas las demás tiraron lo que comían, las bolsas… y lo que llevaban encima, saliendo en estampida. Huyeron en todas direcciones en tanto aquella joven quedaba tendida sobre una hondonada con la cabeza ensangrentada. Hubiera preferido que fuera un soldado. Recogí el casquillo y me dispuse para volver a la base. Por hoy, para mí, la guerra había terminado. Ojalá pudiera ducharme ésta noche, y quitarme toda ésta mierda. Los chicos de la cocina tendrán preparado algo bueno… Padre nuestro que estás en los cielos… mañana será otro día… de guerra.