
Aquel era sin dudad el partido del año, el que decidía la liga. En otras circunstancias hubiera estado feliz junto a mis colegas, en la grada, disfrutando del choque… pero, mi novia lo tuvo que joder todo unas horas antes. Me había dejado por un tipo delicado y sensible, un viejo estúpido al que ni siquiera le gusta el fútbol. Si al menos fuera del eterno rival tendría motivos para odiarle… él no, era uno de esos tipos silenciosos y callados. Buen trabajo, buen aspecto… buen coche. Un completo imbécil… yo, desde luego. Así que allí estaba, salta que te salta, el equipo de mis amores ganando la liga, paseándose por el terreno de juego, y yo entre tanto pensando en María mientras daba botes y más botes entre mis amigos llorando a moco tendido. Un tipo calvo y gordo que no dejaba de mirarme todo el tiempo… cuando de repente, se abrazó a mí y se puso también a sollozar conmigo diciéndome a grito pelado a pocos centímetros del oído: Te entiendo, tío. Estos colores los llevamos muy dentro, chaval. Claro que sí... casi me quedo sordo con los berridos de aquel tarado.
Aquello era absolutamente surrealista… cuando pito el árbitro ni sabía como había terminado el partido. Tres uno, cuatro dos, dos cero… Sólo brincaba y saltaba entre los asientos azul claro… abrazado a ese animal sudoroso mientras mis amigos hacían piña alrededor mío. Aquel olor a roña reconcentrada y machos chotunos me tiraba de espaldas, quizás porque tenía todos mis sentidos totalmente abiertos y en tensión, más vivos que nunca, o más acabados… quien sabe. La victoria sin duda era una buena excusa para emborracharme en calor y compañía, para gritar y quemar la ciudad como si fuera un maldito hooligan inglés. Todo menos llamarla. Ni tampoco hacer el ridículo intento de volver con ella. Me lo había dejado clarísimo, meridiano… conmigo no tenía ningún futuro, era… como dijo: Sexo y problemas. Quería casarse, tener una familia, una estabilidad… el amor ya llegaría. Lo importante, según ella, era lo que aquel hombre la daba, y que yo no era capaz de tener.
¿ Qué coño era aquello del miedo al compromiso?. De alguna manera estábamos comprometidos, ¿ no?. El Toño me preguntó que me pasaba. Le dije que nada, y me soltó la parrafada esa rara de que no sabía beber… ¿ sabrá él?, me pregunté entre perplejo e ignorante. ¡ Exclamé que todo estaba de puta madre!. Pobre muchacho, se acababa de quedar en paro, y allí estaba… más feliz que una perdiz. Cantado como si le hubieran dado un curre de director general… con despacho propio, coche de empresa y secretaria modelo californiana a la que poderse tirar. Y entonces, de súbito, todo me dejó de importar. Mi equipo había ganado, tocaba fiesta… y mañana tendría una resaca del quince, pero sería otro día. ¡ Cabrona!.
Aquello era absolutamente surrealista… cuando pito el árbitro ni sabía como había terminado el partido. Tres uno, cuatro dos, dos cero… Sólo brincaba y saltaba entre los asientos azul claro… abrazado a ese animal sudoroso mientras mis amigos hacían piña alrededor mío. Aquel olor a roña reconcentrada y machos chotunos me tiraba de espaldas, quizás porque tenía todos mis sentidos totalmente abiertos y en tensión, más vivos que nunca, o más acabados… quien sabe. La victoria sin duda era una buena excusa para emborracharme en calor y compañía, para gritar y quemar la ciudad como si fuera un maldito hooligan inglés. Todo menos llamarla. Ni tampoco hacer el ridículo intento de volver con ella. Me lo había dejado clarísimo, meridiano… conmigo no tenía ningún futuro, era… como dijo: Sexo y problemas. Quería casarse, tener una familia, una estabilidad… el amor ya llegaría. Lo importante, según ella, era lo que aquel hombre la daba, y que yo no era capaz de tener.
¿ Qué coño era aquello del miedo al compromiso?. De alguna manera estábamos comprometidos, ¿ no?. El Toño me preguntó que me pasaba. Le dije que nada, y me soltó la parrafada esa rara de que no sabía beber… ¿ sabrá él?, me pregunté entre perplejo e ignorante. ¡ Exclamé que todo estaba de puta madre!. Pobre muchacho, se acababa de quedar en paro, y allí estaba… más feliz que una perdiz. Cantado como si le hubieran dado un curre de director general… con despacho propio, coche de empresa y secretaria modelo californiana a la que poderse tirar. Y entonces, de súbito, todo me dejó de importar. Mi equipo había ganado, tocaba fiesta… y mañana tendría una resaca del quince, pero sería otro día. ¡ Cabrona!.