El punto de inflexión


Todo tiene en ésta vida un jodido punto de inflexión, hasta las líneas paralelas espirituales y las ruedas de repuesto “ karmikas”. Aunque bajando dos tonos y modulando correctamente… parezca que pronunciando el verbo más exacerbado… haya quien piense que tomamos el nombre de Dios en vano. Y es que doctores tiene la Iglesia… ( y aledaños) maldecires semánticos tiene el alambicamiento extremo, y monos rabiosos que golpeen la tecla tiene éste ciberterruño, que unos y otros aramos con desiguales matices, gracia y rumbo. ( Véase Ostentación, Alarde, Boato…) Mea culpa… él, el que pueda o puede, que a veces no le dejan a uno ni orinar a gusto. Nada hay tan sacrosanto como ofender la mojigatería mal pensante… y es tan verdad, como que un acento cambia un: Tu coño huele a campo… como que el gañan, en tu coño acampó. De las comas ni hablemos, que coma sin ganas… es como comer sin pan. ( Y El niño Jesús llora) Un pecado que pueden perdonar en algunas zonas devastadas del planeta donde por el arroz como Belén Esteban: ¡ Ma… tán!. Todavía puedo ir por mitad de la vía por donde iba… e incluso, puedo parecer más idiota y golpear más tontunas con mi ira primaria, ciega. Y a sí mismo, primate. Prímate el jefe cuando produces por encima de media. Produces mierda… y la viertes, o la inviertes. ( O te diviertes) Sin más… por encima de la mera media. ( Se paró el mantramóvil… ála, Alá… ¡ a empujar!) Medía el tacón de aguja quince centímetros… y es puta, ¡ qué esputa!… bilis de cieno y cienes… y sienes vacías de talento. ( Y que algunas veces, leer y no entender… es cual no hacerse comprender) Hay quien tiene patas, patitas muy cortas para salir corriendo… ¡ corriéndose!... y patillas de bandolero. ( Max Sacramentos) Se volvió loco.
Y que como dijo el clásico… no hay placer más descansado, que después de haber cagado: Un punto y coma, y coma… con acento. Luego cocinaremos un arroz caldoso al atardecer, y contaremos estrellas. Una, cien, un millón… Un millón uno. Las letras se empalmarán y los ojos se cerrarán. Nos cubrirá el rumor del mar. Colores nude, románticos. Puede tal vez, que vomitemos de asco… pero, siempre será mejor que nuestro pálido reflejo de constructores de casinos de papel. Apuesto todas las consonantes al negro… y las vocales, al rojo. Será quizás una cuestión de matemáticas puras… o simplemente de coraje. O escuetamente, habrá quien lo interprete como le venga en gana. Al final, la carne no pertenece a tu cuerpo… es propiedad de los perros, que te devoran mientras sonríes a la eternidad… pero, tu alma pertenece al infinito… quiero decir… al vertedero infinito. El bizcocho se hace en el horno y piensas, en como crece y crece ahí dentro. Es reconfortante. Nada lo perturba. Es toda una instrucción de budismo tántrico. Una iniciación con olor a vainilla. Huele a margarina derretida en el microondas, a huevos pequeños y empalidecidos, a leche desnatada… Hay quien se queda en un giro de predicados dando vueltas y vueltas… y de esa rotonda, no sale. Bueno, que se puede decir…
Serán los deprimentes amaneceres blancos del invierno. Parece que el gentío necesita del sol para sonreír. Ésta mañana me he levantado como tantas… pero, he descubierto que estoy vivo… o soy el más estúpido de los hombres, o el más iluminado… aunque sea con una pequeña ventana a mi espalda por donde entra la claridad. Ya saqué al perro a cagar… y tomo una taza de café que me sabe a felicidad y rayos. ¡ Vamos!... que sabe como la vida misma… No es ni especial, ni demasiado dulce, ni demasiado amargo. Es un día nublado y maravillosamente frío que vivir y patear… o para ver una peli en el sofá devastado por mi can con la mantita marrón que tanto te gusta. 300, Más allá de la vida, Star trek Némesis, Los siete samuráis… Los 400 golpes. No tengo favoritismos cinéfilos, estrictamente es otro sorbo de realidad. Flotando, flotando… flotando...