
Si tuviera un grano de fe, reiría. ¡ Reiría!. Mas se reír… Y creo. Pero mi ser es complejo, y frágil a un tiempo. Imperfecto en su perfección. Desorientado, en su ambición de vivir. Caótico en sus dudas. Observo, y sonrío… sonrío, y contemplo la enorme falla que me parte por dentro. Y a veces me pregunto: ¿ Quién soy yo?. Yo. Y la respuesta es fácil: Sólo un hombre. ( Una mujer) Un anciano. Un niño… ( Suspiro… medito demasiado tiempo) Si tuviera un gramo de fe… cambiaría el mundo… empero, el mundo es “ perfecto” como está, en su imperfección… en su desequilibrado equilibrio demencial y torpe. Aunque no lo vemos. Unos matan, y otros curan… ( limpian heridas) y entre tanto, otros vienen a nacer para salvarnos de nosotros mismos. Alivio la sequedad de mi alma con remedios caseros. Suena la campana de la iglesia, y el gato trepa la pared de ladrillo rojo sin arneses ni cuerdas… El sol brilla en lo alto. Es la hora de sacar al perro… que se está meando mientras descansa echado en un fresco rincón del salón. Le pido a uno de esos libros que ornamentan el área vacante de exactitudes frente a mi vacío… una sóla palabra, y encuentro… Generosidad, entre todas. ¿ Qué significa?. Grandeza… o, compasión. Me pierdo con la calma brevedad de un titubeante segundo tardo de incertidumbres irresolubles. Luego, simplemente, se dibuja una mueca que juzgan inmediatamente irónica… sobre mi boca.
A veces hablamos temiendo perder nuestra humanidad. Lo que nos hace únicos y diferentes, a los ojos esclavos de nuestros semejantes… o, de nosotros mismos, en esencia. Lo que nos acerca a la divinidad de ser tan incoherentemente “ humanos”. Tan confusamente pedantes y esperanzados de distinguir lo que está dentro de nuestras pálidas mentes y la “ prensibilidad” de nuestras manos. El olor de la tierra mojada tras una noche de tormenta. El susurrar de las espigas, en un campo de trigo… mecidas por el viento… El latido de la savia bajo la corteza de un árbol cuando lo abrazas. Los días y los problemas se espesan como una sopa fría, y ya piensas que no puedes tragar más mierda… y recapacitas… y, el dolor se sigue acumulando hasta que estallas y te sientas al borde de la piscina de tus convicciones más íntimas… y remojas en ella los pies cansados de patear mentiras sobre verdades, verdades… sobre decepciones. Y cada día, maravillosamente… la aventura vuelve a empezar. Los abrazos se renuevan… Es otra oportunidad para sonreír, otra vez. Para alcanzar el nirvana prodigioso de lo cotidiano. Para que te llamen “ iluminado”… ( … “ gracias” amigos... Que, “ palabro” más hermoso… y más, sencillo) y, para… humildemente, degustar a manos llenas la felicidad eterna de ese sutil e inspirado instante perfecto que vale por toda una vida.
A veces hablamos temiendo perder nuestra humanidad. Lo que nos hace únicos y diferentes, a los ojos esclavos de nuestros semejantes… o, de nosotros mismos, en esencia. Lo que nos acerca a la divinidad de ser tan incoherentemente “ humanos”. Tan confusamente pedantes y esperanzados de distinguir lo que está dentro de nuestras pálidas mentes y la “ prensibilidad” de nuestras manos. El olor de la tierra mojada tras una noche de tormenta. El susurrar de las espigas, en un campo de trigo… mecidas por el viento… El latido de la savia bajo la corteza de un árbol cuando lo abrazas. Los días y los problemas se espesan como una sopa fría, y ya piensas que no puedes tragar más mierda… y recapacitas… y, el dolor se sigue acumulando hasta que estallas y te sientas al borde de la piscina de tus convicciones más íntimas… y remojas en ella los pies cansados de patear mentiras sobre verdades, verdades… sobre decepciones. Y cada día, maravillosamente… la aventura vuelve a empezar. Los abrazos se renuevan… Es otra oportunidad para sonreír, otra vez. Para alcanzar el nirvana prodigioso de lo cotidiano. Para que te llamen “ iluminado”… ( … “ gracias” amigos... Que, “ palabro” más hermoso… y más, sencillo) y, para… humildemente, degustar a manos llenas la felicidad eterna de ese sutil e inspirado instante perfecto que vale por toda una vida.