No apareció


Para quien me dio la verdad. La rarísima mitosis de no saber quien eres… Donde estés… Donde estás.

Tenía prisa. La verdad se deshacía como los columpios del parque bajo el sol. Los arbolitos raquíticos callaban en aquel silencio de chicharras y sudor. Su hombre no apareció. Su alma estaba empañada de una tristeza torneada de verbos a medio conjugar. Palabras de frustración por decirle a la cara… y temores. Sobre todo temores. Temía la soledad sin su risa, y caminar sola por ese lugar extraño que era el pasillo nada más entrar por la puerta de su casa. Brillaba el agua de la fuente que bebían inconscientes los niños tras los cristales negros de sus gafas oscuras, pero él… no apareció. Otros pasos le seguían. Otra mirada azul, recorría sus muslos… se enredaba en su boca, se perdía bajo el vaho de la pasión efímera por construir con toda prontitud. Nadie parecía mirar en su dirección mientras lloraba en silencio, y la cordura se la iba poco a poco escapando de entre las manos… cual pequeños pedazos desfragmentados de barro seco que cogió para moldear su recuerdo. Aquel instante perfecto de odio, dolía con toda intensidad. La abrasaba por dentro. Minaba el frágil cristal de su fe en las personas, ya más que desecho. Tenía ganas de gritar, y la boca seca. Los ojos inexpresivos, descerrajados de insultos por proferir entre los soportales de la plaza donde se amaron y se malgastaron sus besos… un día lejano de lluvia y otoño.
¿ Cuánto hacía de todo aquello?. Cinco años. Cinco largos años… que de repente, la había robado. Se sentía desnuda y sucia, con su vestido blanco inmaculado y el pelo recogido en una trenza. Se había pintado para escapar de si misma… pero él, no apareció. No corría ni una brizna de aire. Ni una hebra deshilvanada que aliviara su fuego y su sed. El músculo de su dolor se amasaba sin forma entre los dedos con un delirio pasajero a punto de estallar. Los bancos vacíos, eran testigos reservados y taciturnos de su exasperante espera. Un hombre pasó a su lado, mas… era tan sólo un hombre, una sombra… un pedazo de madera a la deriva flotando en medio de océano. Y comenzó a verse en aquel decorado desusado y extravagante, simplemente… cual un objeto más, desubicado. Roto. Entonces comprendió que no quedaban ya palabras… rindió sus armas, tiró sus escudos, y con una mueca taciturna emprendió el largo camino de vuelta.