La felicidad es ese lugar donde los niños juegan despreocupados y felices... Donde te lavas las manos antes de cenar. Donde dos más dos, siempre son cinco... Donde para adoptar a un cachorro de labrador, y mira que abandonan a cientos de ellos... una hippie de mierda que no sabe ni deletrear su propio nombre, te examina y condena. La felicidad son unas cervezas y una ración de gallinejas... por ser La vírgen de La paloma... y, un mantón de la China... na, na... China... na, na... ¡ Ná!. La felicidad es un cuento que no sabes como va a terminar... tal vez, como uno de esos recios temas que te descerraja sin venir a que la Mala Rodríguez: " No dejen al pobre chiquillo en el banquillo, dejenlo tranquilo que aprenda el cursillo: A llevarse golpes, a devolver lo que le toca. Así es la vida loca, tiro porque no hay otra." La felicidad es simplemente ser el rastrillo... no el jardín zen. Reírte del mundo, viendo al gitano con su cabra negra cagando sobre la punta de la Pirámide de Maslow.
Al final de la carrera... cuando ya nos hemos cansado de trotar cual percherones agotados y viejos, cuando únicamente somos cromos en un portarretratos... resulta que la puta felicidad es tan sólo ser una chica, un hombre... un abuelo, un niño... un padre... delante de un chico, una mujer... un nieto, una madre... una hija... pidiéndole al otro... ser querido. Sencillamente eso. Y resulta, demasiado extraño, descorazonador... hasta, inquietante... ver andando por la calle toda suerte de caras tristes. Como si en el maldito planeta no hubiera alegría también tras las alargadas sombras de la guerra y el hambre. La felicidad no es la ausencia de miedo... asumo que todos los días mueren mis hermanos... pero, también... que cada día, ( como un pequeño milagro) amanece... Con Papa, o sin Papa. Ya se sabe: Papa don't preach. Ninguna noche es tan larga, como para llegar a ser eterna.