Las palabras son simplemente, recios y grasientos grilletes que me encadenan… ( lenguas ácimas de grafito metálico sin devastar demasiado) que me aprisionan mientras espero, una espera dulce y amarga a un tiempo. Sé que habrá un “ tiempo” que ha de venir… y un término exacto que me liberará, que resuena en mi cabeza. Tal vez al final del largo pasillo de la memoria, donde la oscuridad juega poker y te mira de reojo con una sonrisita irónica. Sé que las palabras terminan por llamarte a hurtadillas… marcan tu nombre en el empapado teclado numérico de la razón, y dialogas con ellas en silencio cómplice. Un taciturno infierno robado... Y es que no hay sueño más terrible que soñar con tus propias “ palabras”, con centenares de ellas… que se precipitan en tropel, que laten poderosas aparentemente en negro sobre blanco, que ves tan claras como el día mismo, pero que no puedes leer. Que se vuelven pared gris que te rodea, que te arrincona… en tanto los ladrillos caen y te golpean con algunos acentos esdrújulos.
Las palabras son… simplemente, tenues y volátiles letras minúsculas. Pequeños cantos rodados sobre el lecho de río… y el agua, fluye cantarina y clara sobre ellas. Las perfuma de vida. Llega a darlas sentido. Remojas los pies en su cauce y eres poeta un instante. Luego, sencillamente viento. Amar, saborear… detenerse a mirar, e incluso percibir lo imperceptible como si la piel de tu enemigo, la nada… fuera un lienzo del gran Wassily Kandinsky… es sin duda el Nirvana. Trazando: Ella fumaba y jugaba con su pelo, y yo sin más… vegetaba a su lado, mirando de reojo el despertador mientras me colocaba y recolocaba los testículos… vamos, literalmente… me tocaba los cojones. Quemaba el tiempo y de refilón observaba minuciosamente el contorno devoto de sus tetas… que ya no eran tan firmes. Estaba por insinuarla al borde mismo del bostezo, si echar un último polvo de despedida. Me levanté, sin más ceremonia. El cuarto de baño estaba oscuro. Di la luz… y eché una meadita. Hacía frío, ese frío matutino… tan propio del verano, que no es frío… si no algo indefinible… y hasta delicioso. La volví a mirar de nuevo, sin hacer grandes aspavientos. Seguía fumando, sin apenas dar más señales de vida. Se asimilaba a un repelente androide drogado, ( tipo chapero C3PO) me pregunté como sería la muy cabrona en la cama con él, el pequeño camello. Dicho en modo caótico... perentóriamente lateral y superfluo: ¡ Acabáramos!.
Las palabras. Su mugre y su gloria. Espacio… Jugaba en la derrota. En ese filo imperceptible del “ tiempo de descuento” consciente de que no podía enderezar el resultado… como no se puede “ enderezar” una polla después de una noche salvaje de sexo. Un cero tres en casa era demasiado. Todas mis líneas habían caído, una tras otra, sacrificadas en la desmoralización más absoluta. “Maus odores”… era más bien una cuestión… digamos, “semántica”. El frío me golpeaba con fuerza… ese frío de humanidad que quema de verdad, que muerde con rabia… Estaba más perdido que nunca, bebiendo cervezas como un autómata y escuchando gilipolleces en… ca… ca… cadena. “ Es que el tío éste…” estaba por darle dos hostias… no se cansaba nunca de decir tantas güevonadas juntas… así, en plan metralleta soviética. ¡Joder!, eran como impactos a la inteligencia. Algo espeluznante. Con aquellos dientes como perlas… escasos, valiosos… largos y amarillos que enseñaba bajo el poblado bigote. ¡ Y toda aquella grasa bajo la bamboleante papada!. ( Siempre me había “ gustado” esa palabreja… “ papada”) Tenía aspecto de banquero de finales del XIX. Puros baratos, gafas de aviador de la Segunda Guerra Mundial… camiseta de pincha hortera de los setenta… ¿ Qué hacía, “ con las palabras”… allí sentado con aquel tipo?. Bueno… era un jodido colega de farra, ¿ supongo?. “ Las palabras” eran… simplemente, recios y grasientos grilletes que me encadenaban… Ahora, me toca berrear en la ciudad...
Las palabras son… simplemente, tenues y volátiles letras minúsculas. Pequeños cantos rodados sobre el lecho de río… y el agua, fluye cantarina y clara sobre ellas. Las perfuma de vida. Llega a darlas sentido. Remojas los pies en su cauce y eres poeta un instante. Luego, sencillamente viento. Amar, saborear… detenerse a mirar, e incluso percibir lo imperceptible como si la piel de tu enemigo, la nada… fuera un lienzo del gran Wassily Kandinsky… es sin duda el Nirvana. Trazando: Ella fumaba y jugaba con su pelo, y yo sin más… vegetaba a su lado, mirando de reojo el despertador mientras me colocaba y recolocaba los testículos… vamos, literalmente… me tocaba los cojones. Quemaba el tiempo y de refilón observaba minuciosamente el contorno devoto de sus tetas… que ya no eran tan firmes. Estaba por insinuarla al borde mismo del bostezo, si echar un último polvo de despedida. Me levanté, sin más ceremonia. El cuarto de baño estaba oscuro. Di la luz… y eché una meadita. Hacía frío, ese frío matutino… tan propio del verano, que no es frío… si no algo indefinible… y hasta delicioso. La volví a mirar de nuevo, sin hacer grandes aspavientos. Seguía fumando, sin apenas dar más señales de vida. Se asimilaba a un repelente androide drogado, ( tipo chapero C3PO) me pregunté como sería la muy cabrona en la cama con él, el pequeño camello. Dicho en modo caótico... perentóriamente lateral y superfluo: ¡ Acabáramos!.
Las palabras. Su mugre y su gloria. Espacio… Jugaba en la derrota. En ese filo imperceptible del “ tiempo de descuento” consciente de que no podía enderezar el resultado… como no se puede “ enderezar” una polla después de una noche salvaje de sexo. Un cero tres en casa era demasiado. Todas mis líneas habían caído, una tras otra, sacrificadas en la desmoralización más absoluta. “Maus odores”… era más bien una cuestión… digamos, “semántica”. El frío me golpeaba con fuerza… ese frío de humanidad que quema de verdad, que muerde con rabia… Estaba más perdido que nunca, bebiendo cervezas como un autómata y escuchando gilipolleces en… ca… ca… cadena. “ Es que el tío éste…” estaba por darle dos hostias… no se cansaba nunca de decir tantas güevonadas juntas… así, en plan metralleta soviética. ¡Joder!, eran como impactos a la inteligencia. Algo espeluznante. Con aquellos dientes como perlas… escasos, valiosos… largos y amarillos que enseñaba bajo el poblado bigote. ¡ Y toda aquella grasa bajo la bamboleante papada!. ( Siempre me había “ gustado” esa palabreja… “ papada”) Tenía aspecto de banquero de finales del XIX. Puros baratos, gafas de aviador de la Segunda Guerra Mundial… camiseta de pincha hortera de los setenta… ¿ Qué hacía, “ con las palabras”… allí sentado con aquel tipo?. Bueno… era un jodido colega de farra, ¿ supongo?. “ Las palabras” eran… simplemente, recios y grasientos grilletes que me encadenaban… Ahora, me toca berrear en la ciudad...