Un café. Empiezo a bostezar… Me rodea una luz tenue. Azul. Vaporosa. Perturbadora… Una luz sin dictado que me llama por mi nombre… Salgo de mí. Camino sobre las estrellas. Sobre la luna. Lejos del sol… Llevo puesta encima una armadura desquebrajada y vieja. Hay a mi alrededor algunas sombras que me quieren tocar, mas sólo son susurros… lienzos inacabados, días imperfectos… heridas abiertas que hace mucho que dejaron de sangrar. Bajo mis pies no hay tierra firme. Hay oscuridad, pero cegadora… como si fuese luminiscencia. Negra. Perfumada de mar. De mis manos cae un caudal inagotable de espuma de olas y siento sin verlo que mis pies pisan arena de playa. Nunca hubo un café sobre la mesa. Ni golpeabas teclas. La imaginación ha dejado de existir. No hay miedo. No hay libros. No hay paredes… camino sobre la nada… corro… Corro deprisa para llegar a ninguna parte. ¿ Estoy ahora mismo meditando?... No recuerdo saber escribir. El pronombre se ha hecho espina. La espina de una rosa firmemente clavada en mi monte de Venus, al doblar la esquina de mi neurona dieciséis. Me veo por dentro. Materia fecal. Sangre. Glóbulos. Músculos. Aire. Trozos de metal… El universo es infinito, como yo.
No tengo ningún dolor. Ninguna mentira que guardar. Ninguna verdad… Nada importa. Me siento vivo. Nunca me he sentido más vivo… No necesito música. Ni tan siquiera, respirar. Siento que cada poro de mi piel son millones de pulmones inhalando energía vital al mismo tiempo. No hay recuerdos. Percibo que floto en una sustancia de color añil… que soy de cristal, y a un tiempo vegetal. Néctar celeste. Savia de humanidad. Puedo observar como animal una garra donde antes había mano, y al mismo tiempo la relajante marea de un espacio que se está derritiendo… Somos un todo. Jesucristo y Buda fundidos en aleación indestructible. Un grácil pétalo que al soplar sobre él crea el más hermoso lugar que jamás pude soñar. Me envuelve la felicidad por completo. No hay límites. Frontera alguna… puedo ver sin mis ojos. Saborear sin la lengua. Amar sin mi cuerpo. No hay doctrina ni religión. Ni fe… sólo compasión. Una compasión imperecedera… Soy la nada más absoluta. La alegría más desbordada. Dios, en su más humilde sabiduría me premia… con un único grano de arroz.
No tengo ningún dolor. Ninguna mentira que guardar. Ninguna verdad… Nada importa. Me siento vivo. Nunca me he sentido más vivo… No necesito música. Ni tan siquiera, respirar. Siento que cada poro de mi piel son millones de pulmones inhalando energía vital al mismo tiempo. No hay recuerdos. Percibo que floto en una sustancia de color añil… que soy de cristal, y a un tiempo vegetal. Néctar celeste. Savia de humanidad. Puedo observar como animal una garra donde antes había mano, y al mismo tiempo la relajante marea de un espacio que se está derritiendo… Somos un todo. Jesucristo y Buda fundidos en aleación indestructible. Un grácil pétalo que al soplar sobre él crea el más hermoso lugar que jamás pude soñar. Me envuelve la felicidad por completo. No hay límites. Frontera alguna… puedo ver sin mis ojos. Saborear sin la lengua. Amar sin mi cuerpo. No hay doctrina ni religión. Ni fe… sólo compasión. Una compasión imperecedera… Soy la nada más absoluta. La alegría más desbordada. Dios, en su más humilde sabiduría me premia… con un único grano de arroz.