
Escupí. Amanecía. Tenía los ojos de rojo Ferrari. Hambre. Sed, a pesar de haber bebido… y la boca seca. La calle era una inmensa recta de luz y asfalto infinito entre edificios que escondían un cielo gris. Joder, otra vez borracho. Otra vez buscando entre los coches aparcados, el mío. Nadie por ninguna parte. Nadie interesante. O tal vez sí… Un hombre solitario, que buscaba acomodo en algún portal a resguardo de la madrugada, un sitio donde dormir. Una mujer que parecía extranjera… que iba junto a su hija pequeña, de la mano, buscando el hospital con el rostro magullado. Un tipo más allá vestido de gorila de lomo plateado, que aún más perjudicado que yo… marchaba por medio de la acera, tambaleándose. Al cruzarme con el mono me pidió un cigarrillo, y le alargué un par de ellos… al fondo, vi un bar que ya había abierto. Parecía un sitio limpio al menos. Pero era tan sólo la primera impresión. Pedí un bocadillo de salchichas blancas y una cerveza, y me senté en una mesa al fondo. El camarero se enrolló de puta madre. Me largó el vaso más roñoso y sucio que tenía, y una caña que era toda espuma. Eso sí, la acompaño con una tapa de torreznos de la Semana Santa del 87, con más polvo que las bragas de Celia Gámez, a la que Dios tenga en su gloria, cuando cantaba El pichi de Las Leandras y se la ponía dura a mi abuelo.
Allí estaba, seis y treinta y seis, del Día de Todos los santos… cuando entro en aquel cuchitril donde servidor y el camarero más cochino de la España mesetaria bostezábamos, Vampirella y los siete enanitos cabreados rompesfínteres. Una mariliendre neumática mal encarada, con su grupo de armarios " roperos" de dos cuerpos y gimnasio… to’ pechopalomos hormonados; y en menos que canta un gallo aquello parecía una puta carroza del Orgullo con el primo de Rivera tirando birritas, cual un Paquirrín sin estilo… o, al menos intentándolo. Todo iba demasiado rápido. La chica sentada frente a mí con las botas de cuero negro apoyadas en una silla… se liaba un cigarrillo con destreza mientras con los ojos fijos en mi cuello me sondeaba el grupo sanguíneo. La dije mientras masticaba: AB negativo… y se relamió pensando a que sabrían mis glóbulos rojos, así en caliente Rh. Mas de golpe se hizo de día, y todo el pedo se me bajo de golpe, con las tripas de nuevo llenas y el cerebro funcionando. Dios, pensé… hija de puta eres más fea que mandar a la abuela a por droga. Hasta por un momento llegue a pensar que sus padres se habían quedado con la placenta. Y eso sí, los maricas, como la canción del Tío Ramón… eran todos de terciopelo.
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