Con el cerebro calcinado


Desperté. El sueño se había desvanecido. Un sueño oculto tras el fuego infernal de un dolor cenital. Estaba solo. Oculto dentro de mí mismo. La montaña demasiado lejos para explicarla a la lluvia porque tiene que caer. Las montañas siempre quedan lejos, en su triste voz que había perdido. Todo lo demás, no importaba. Que faltaba, realmente nada. Desperté. Sentí que mis alas, torpemente se habían quemado. Y dejé un grito en mitad de aquel arrasado páramo. Pero no era aquello lo peor, si no que el corazón seguía bombeando sangre y vísceras con mi cerebro totalmente calcinado.
Malo es, cuando no se puede llorar ni un gramo de compasión. Cuando tienes la sensación de haber corrido tanto que ya has dejado de correr. Cuando la música del día hace pequeños círculos de agua sobre el cristal a media tarde. Y crees morir en un trozo de metal que se ha dado la vuelta girando tras tus ojos cansados. Y te sobra camino y cuesta arriba. Y ves tus pies demasiado pequeños. Y tus manos exageradamente grandes. Y todo lo que creías haber cambiado sigue siendo lo mismo. Un lugar mediocre, deshabitado y vacío. Donde no hay paz. Donde no hay furia en el músculo… donde simplemente no hay nada. No esa nada, que lo es todo. Sólo nada.
Desperté. Las canalizaciones se habían roto. No precisaba una limpieza de filtros. Simplemente el alma se había sajado. Nada, una nada vital y cotidiana… nada, que no pudiera ser asimilado en un universo donde no hay un terminó correcto. Tan sólo correcciones de rumbo. Desperté. Malo es llorar, un sufrimiento estrangulado en la garganta que te impide bramar el sufrimiento que sientes. Eres una piedra ardiendo dentro de un volcán. La percusión de notas que no suenan. Vida... los huecos de las lágrimas algunas veces tallan balas de luz azul, que trazan estelas por las que empezar a buscar. Esa sinrazón, de querer volar.

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