Creo que todo, está bien


El camino estaba ante mí, abierto. Como siempre lo ha estado. Un sendero conocido e ignorado al mismo tiempo. Carretera y llanto. Años. Lanzadas al costado. Recio nogal siempre temblando. Libros. Libros que arden en piras de memoria que resecas neuronas intolerantes desprovistas de zamarras de mielina van quemando. Los versos han fracasado. Las torres de cristal cayeron despacio. Dormías. Dormía el mundo entero mientras meditaba con inciensos aromáticos, entre paréntesis de espacios vacíos tras una coma, un punto y seguido. Todo tenía una razón que iba saliendo despacio, cual una descansada amanecida con el corazón abatido y romo. Iba andando, no muy deprisa. Triste y solitario. Sin canciones. Sin despedidas. Caminando. Mirándolo todo y sonriendo. Sin temor. El amor atravesaba mi dualidad despacio. Era el Yin-Yang y la cruz. Una sencilla de simple madera. De esa que se talla con una navaja y un cigarrillo en la comisura de los labios, bajo el oblicuo sol de una tarde de otoño. Lejos, muy lejos, de ninguna parte. Muy cerca, de lo verdaderamente importante.
Las piedras del suelo con las que te vas tropezando te hablan de los cuerpos que abatidos has ido dejando, en tanto el ser amado atado en mil dedos entrelazados viaja a tu lado. El cielo está despejado. El infinito. El universo calmado sobre tí. El río que fluye lento corriente abajo. Has luchado sin tregua y has ganado. En el dolor de tu pierna rota. En aquel cabezazo por la escuadra que entró llorando. En una estación vacía. Subiendo la montaña, por un sendero acotado. En una playa desierta. En una guerra sin soldados, donde los carros blindados se ven oxidados, roñosos… entre metal arbóreo de venas que laten sabia escrita en perfume tántrico. Los libros están apilados, con sus uniformes viejos y numerados. Con su escritura perfecta. Con miles de palabras que se dirán una vez, o ninguna más. De corazón a vísceras… De cerebro que va callando su fe perdida a nubes de gentío extraño y deshabitado, perdido en un reflejo nocturno. En el bramido de cientos de estrellas que arden...
No es nada que deba ya ser analizado. Cual el amor de una madre. Cual el beso de un padre que jamás fue dado. Las uñas han crecido. Se han ensuciado. Necesitas una ducha. Limpiar la tierra de tus zapatos. Cerrar los ojos bajo el agua, reír los espantos. Sangrar pequeños trozos de ira que como cristales rotos te has ido poco a poco clavando. Eres feliz, no puedes negarlo… te duelen esos muñones en tu espalda que borracho perdido una noche los demonios te cortaron con serruchos enmohecidos de dientes afilados. Caído sobre el asfalto, te envolvía la confusión. Tenías todas tus prolongaciones quebradas. Una mueca se dibujaba en tu rostro, y un tibio reguero de sangre salía de tu boca que sabía dulce como la compota de frambuesa saboreada sobre piel. Los gritos de lo alto ya han cesado. En la postura del loto sin final asciendo escalones… roto de pliegues sin sufrimiento. Las palmas abiertas saludan al sol nuevamente. Creo que todo, está bien.