El largo camino de vuelta a casa


Mientras dibujo mi mente esboza sonrisas. Cornisas que andar con los pies descalzos y las manos llenas de oleos antiguos de colores para pintar el vacío. De aquellos que perfumaron en gris mi adolescencia robada. Así lo siento. Sin cadenas ni andamiajes. Ni porcentajes de evocación. El carboncillo se desliza por los sentires de mis manos y bosqueja sombras pequeñas sobre el papel empapado de verdad y luz de media tarde. Pues aun es demasiado temprano para dibujar naturalezas muertas, de esas que se pintan solamente de memoria. En un pedazo de la casa del alma, en un rincón donde todos los recuerdos quedan amontonados cual cuadros abandonados sin colgar en ningún lugar. Tal vez esos cuatro o cien garabatos en la dermis cavernaria de mis venas eran una tontería sin importancia, para imaginar si mi ego montaraz me permitía delinear el momento anterior a mi muerte... Porque los mejores lienzos siempre se guardan ocultos en los armarios detrás de las rosas secas que anteayer se podaron. Recuerda el tiempo... Vida... las cientos de líneas ocultas que desaparecen tras el blanco posarse de los ángeles.


El borde de la mesa es un mar en calma que va cediendo su paño recosido de trazos. Con cola y ron. Tiene su fe y su música que va sonando mientras desfilan sus piquetes bravos. Aguerridos muchachos. En tanto el cerebro positrónico va de nuevo arrancando con sumo cuidado, despacio. Trajinando paisajes con cuerpos zurcidos en trapo, reconociendo archivos de datos en blanco y negro… remasterizados. Los que devoraban mi piel, esos que no se entretenían entonces en pararse un momento a pensar por donde empezar a derrocharme… ahora, si que se encierran en sí mismos para rebuscarme definiciones. Hablo de aquellos que olían la batalla de ángeles ígneos y jóvenes soldados, sin luchar en ella… sin ser miembros del ejército del jodido General Sarcasmo. Cuando aun quedaba por recorrer un largo trecho. El largo camino de vuelta a casa.