
Estaba a punto de ser sometido por los nuevos campeones. Las piernas le pesaban toneladas. La rodilla derecha apenas hacia su juego… pero, seguía corriendo bajo la lluvia y el dolor más lacerante. Entonces oyó aquel pitido final y se tiró al suelo. Ya podía llorar, no antes. Aquella derrota no sabía a nada especial. El cielo estaba gris, hasta aquel instante no había reparado en ello. Todo le resultaba demasiado vertiginoso. Sin sentido. Sentía como un gigantesco serrucho de luz azul le seccionaba el músculo hendiendo sus dientes ferozmente en los ligamentos. Era una sensación horrorosa. Por momentos no podía pensar. Sólo quería ducharse, una buena siesta… y con su entrada en la mano ir al teatro. Sólo eso. Sólo estaba a medio mal escribir una pequeña herida.
Desde la esquina de la tercera fila, aquella bailarina de los ojos tristes le subyugaba con su maravillosa técnica y sus piernas de bronce inmaculado. Aquel regateo de estrofas musicales le hacía temblar susurros de gozo en sus enroscadas terminaciones nerviosas. Era cual una sutil caricia en sus ojos que vertían por sus rasgones de piel transparente y tenue algunas gotas de felicidad ocultas bajo la camisa vaquera y la vieja chupa de cuero. Se hundió en la butaca, cerró los párpados… y simplemente, se dejo llevar. La voz de su padre ya no se escuchaba entre los cadenciosos pasos de la escena, ni tan siquiera ese golpeo de la pelota en su cabeza que entró directamente por la escuadra. Los gritos estaban ahogados en silencio reverencial. El campo estaba vacío como su pecho dolorido de rosas y escudo templado a fuego frío. Aquel desconsuelo calaba tan hondo que rompía los huesos del alma poco a poco.
Desde la esquina de la tercera fila, aquella bailarina de los ojos tristes le subyugaba con su maravillosa técnica y sus piernas de bronce inmaculado. Aquel regateo de estrofas musicales le hacía temblar susurros de gozo en sus enroscadas terminaciones nerviosas. Era cual una sutil caricia en sus ojos que vertían por sus rasgones de piel transparente y tenue algunas gotas de felicidad ocultas bajo la camisa vaquera y la vieja chupa de cuero. Se hundió en la butaca, cerró los párpados… y simplemente, se dejo llevar. La voz de su padre ya no se escuchaba entre los cadenciosos pasos de la escena, ni tan siquiera ese golpeo de la pelota en su cabeza que entró directamente por la escuadra. Los gritos estaban ahogados en silencio reverencial. El campo estaba vacío como su pecho dolorido de rosas y escudo templado a fuego frío. Aquel desconsuelo calaba tan hondo que rompía los huesos del alma poco a poco.