Una simple declaración. Otra...


A veces necesitas escribir al bies, litros de palabras… ( que no sacian tu sed, y te das cuenta que odias a los amantes violinistas de película italiana) y no terminas de dar con la palabra exacta. Con la cuerda precisa. Quizás porque ésta no existe, o sencillamente porque no te quieren entender. A veces, puede ser que la felicidad sólo esté contenida en una única forma verbal y todo lo demás sea ornamento. Las nubes en el cielo. Los oblicuos rayos del sol. La rueda de las reencarnaciones que una vida tras otra, una vida tras otras… nos hace amarnos, amor, tan lenta… tan furtivamente, tan de esa manera dolorosa y maravillosa a la vez. A veces, para vagar por los tenebrosos caminos de la razón, se debe vestir de forma informal, del mismo modo que cuando el firmamento se abre y cae un río caudaloso de lágrimas, te refugias en el mismo portal, chocándose las miradas y los cuerpos. La fe lateral, que te arrastra al infierno en donde arder. Sin derecho a mojar los labios... salvo en roca viva.

Porque ésta entrada es pública, pero tiene dueña. Cual diría un cantor de Provenza: Aquella que mi alma adora, nacida de aquella madre de quien nació… la aurora. Esa, que se contiene en un resto de cebolla, con sus treinta capas de llanto y un corazón partido por la mitad. A veces, algunas veces… sientes el frío de un par de agujas en la espalda, quieres llorar, y no te puedes permitir un quejido, la máscara enorme de tu dolor te tiene maniatado… no te permite agitarte, ni moverte. Y es que nada es tan verdad cual ese pasar las horas en el que escribes en soledad versos terribles y verdades de poeta sin filtrar. Por que las cuatro menos diez de la madrugada es mala hora para los deseos y sólo se escuchan los pasos de aquellos que caminan solos por los salones de su propia casa con los pies descalzos, la primera camisa que encontraron… y un gran vaso de agua fría.

Del mismo modo que todo amor bueno es un amor usado y nuevo cada día. Se que pronto amanecerá, así que me sentaré en la cornisa a ver el alba despuntar pausada cual la piel pensada de la mujer que amo aun no fotocopiada del todo en mis retículas. Porque cuando se ha vivido echando nubes grandes de humo, sales de la carpa del circo y sin más te decides a subir aquella montaña gigantesca. Y del mismo modo que un sueño, de repente todo se desvanece ante tus ojos y en la mano sólo te queda una tabla de nogal, y sales de la cueva como puedes, al ver el pedazo de roca que llevas contigo. A la que ni me canso ni me cansaré de decirla todas las mañanas de mi vida si ella me sigue queriendo: Te quiero. Y si no, también. Esa… que por noches, futuras y por venir… besaré sentado a su lado, deseándola en cuerpo… y materia astral.

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