El camaleón observaba a la niña desde la rama. Férreamente cogido a la frágil y quebrada cepa. Con sus ojos concentradamente perdidos en un horizonte inmaculado y borroso. Como las trenzas de la pequeña que comenzaba a desdibujar el viento helado del invierno aproximándose en la bruma. Cual el herbaje verde, esa mínima porción de pasto ondulante... que se agitaba nerviosamente en la loma frente a su ventana. Aquellos ojos trémulamente pardos estaban más tristes y desguarnecidos que de costumbre. Eran dos perfectas marionetas simétricas moviéndome en un caótico fluir de emociones mientras el pequeño animalillo camuflado en sí mismo apenas se movía en mitad de la tarde que anunciaba tormenta al tiempo de no se sabía de donde se escuchaba You are so beautiful. Aquella serenidad olía a manzanilla y café.
Y empezaron a caer algunas gotas de lluvia. Apenas un rocío de niebla, un estremecimiento de agua palpitante que empapaba el aire de nostalgia mientras ella comenzaba a sonreír, y el reptil levantaba su cuerpo moteado y con la cola prensil perfilaba un escorzo animal de desagrado. Entre tanto, un hombre con un paraguas paseaba una acera cercana, un viejo violinista bajo el tejado... ensayaba en su buhardilla del centro. Una mujer llorando hacía la bechamel de sus afamadas croquetas de jamón, y un chico de ojos grandes algo delgaducho soñaba con estrellas reclinada su espalda en la tapia de su instituto fumando un pitillo. Y el cielo, casi gris... tenía ese dulce y perfumado clarear de negro borrón. Sin embargo, el huidizo saurio había desaparecido, y arreciaba el aguacero. Cálida marea de atardecer.
