La travesía


El desierto quemaba mis pies... y después un frío severo a miles de grados al norte, más allá del amor y el ansia de sobrevivir. Terminaría pegándome un tiro en la boca como las miles de jodidas ampollas que iban estallando a la vez, simultáneamente... Arena y más arena, sed y muerte, un disparo en la cabeza... algo de fortuna y un escorpión bailando en la mano la rítmica necrosis, o la introducción, de una pequeña danza guerrera. La última. ¿ Tal vez, la penúltima?... La de la travesía más dura. Aquella que no iba a ninguna parte. El desierto era extenso y pardo, pálido... bajo cero cual sus ojos... como el lomo quebrado y acorazado de una serpiente inmensa, que parecía dormitar... pero, que estaba lista para atacar. Que se escondía bajo el mismo cielo que los ángeles incendiaban en una tremenda batalla por el amor de Dios. Los niños únicamente observaban inquietos de juegos intestinos bajo el terror de los muros de adobe y fiebre, de ladrillo soviético de uranio y metal. Una arcana canción con gracia y donaire. Aquella playa esquina a Benidorm de Ucrania molaba con sus matrioskas de coño rasurado al tiempo que reían los señores de las dunas.
El calor acariciaba la piel... los huesos sin carne, ya pelados a tiras de certidumbre. El cincuenta ligero cabalgaba sobre las espoletas a cruces y espinazo de estremecimiento aleatorio. Porque el gris contingente de convulsas sombras estaba desestructurado de palabras huecas en tempo de violines y arterias viejas. Guardados sus papeles y sus certezas en cajas ya embaladas y fechadas anticipadamente. Mi ser y mi estar se habían fragmentado. En un cenagal bajo el calor de fósforos de madera de nogal y licor blanco, de algún hipotético barrizal futuro perfumado de flores marchitándose.