Se metió un maldito tiro en la cara en una habitación de hotel barata mirando al Mediterráneo. Era jueves. Estaba saturada de soplapolleces trufadas en caqui y caca. Ella fue la primera del grupo en hartarse de toda aquella mierda. Esa fue su fuga... y sin tocata. Su puta huida hacía delante. Todo lo demás la sobraba. Las menciones, el honor... todo aquel jodido sexo sin sentido. ¿ Cuántos años tenía?... ¿ Treinta y tres?... y aun no sabía como era el amor... ¡ Ah, sí!, ¡ el amor!... menudo excremento, solía decir. El sarcasmo ocupaba bien su lugar. Somos hijos de la ironía, la dije un día al tercer Johnnie Walker y un plato colmo de alubias con moscas. ( Una de esas especialidades gastronómicas marroquíes sin concavidades) En algún sitio del corazón, junto al puñetero ventrículo izquierdo. Junto a atractivas aurículas sin ninguna gracia especial cual los tíos con los que follaba una, y otra, y otra vez... Buenos sementales estabulados con sus grandes pollas de metal y plástico. Grises robots agilipollados de hormonas.
Supongo que se cansó de los malos. O simplemente de pensar, que la mala era ella. Muchas veces desde entonces, lo he pensado. Eso de la maldad, me refiero. Al final, suena un poco a película. Una mala, malísima... de James Cagney. Pero supongo que eso es lo " infernal" de la vida real a ciertos niveles... el que los hijos de puta, no llevan sombrero, y que si alguien lo lleva... somos nosotros mismos. Sí, es cierto... si se piensa fríamente, menuda mierda. En días como aquel, la entendía perfectamente. En cierto modo era algo parecido a limpiar la puta pipa... engrasarla con esmero y volverla a montar para al final dejarla en un cajón olvidada por una vida que de verdad merezca la pena y que apenas había empezado con dolor... y, un poco, a saltos... a saborear. Un mundo de risas, donde aprender a llorar...
