... un, dos, tres... sí, cuatro


No podía pensar con total claridad después de veinticuatro copas. Era un jodido trance de heroísmo canalla. Algo sencillamente, ridículo. Cual el valor en el ejército, se presume... Por encima de los vaqueros viejos llevaba un tanga rosa que no sabía como había aparecido allí... ( Con su aroma a Mar de los Sargazos, y leyenda) Tal vez había dos posibilidades. Una, que la prenda fuera de Marta, la de Contabilidad... que dormitaba pedo una esquina, y que aunque era una borde de aquí te espero... en un arranque de solidario frenesí me la hubiera entregado por de/méritos propios. ( O, ajenos) Dos. Que ya trajera puesta de casa la cosita con las camperas y la chupa, aunque lo dudaba mucho. Así que allí estaba en mitad del sarao sentado en una silla con las piernas abiertas de par en par y de promoción, promoción... rosa pálido, que las rebajas estaban a la vuelta de la esquina. Sólo faltaba Pitbull cantando I know you want me. Joder, cuando sonó la música me molé del todo.
Aquello tenía algo de acto final. De pronto me pregunté que estaba bebiendo. Desde luego no era mi marca habitual... el camarero me dijo: Larios con tónica... ¡ Larios con tónica!. ¡ Era repugnante!... pero, no podía dejar de beber. Como no dejaba de escuchar el soniquete incesante de Mateo Fuentes a dos centímetros de mi boca contándome por decimocuarta vez... " la vez" que su mujer Marta, la de Contabilidad, en aquel crucero por las islas griegas casi se queda en tierra. Creo que le ponía cachondo el olor que desprendían las bragas de su señora en mi entrepierna; y aunque estaba demasiado petrificado e incluso, borracho... para levantarme... pensé, que en tanto no me metiera mano al patio de butacas aquello podía ser hasta soportable. Ya se sabe... un, dos, tres... sí, cuatro. " Cuatro", coño.