El incidente



El juntaletras siempre vuelve al lugar del crimen. ( Es torpe de natura) A por su puta dosis de mierda, que necesita inocular en la gran vena sin destino... Cual si un universo que sólo existe en sus memorias, lo precisara. Pero sentado en aquella mesa de mármol y madera vieja acabada de barnizar, con mi libreta Enri y mi bolígrafo Bic Cristal, lo único que me urgía era una bebida caliente. Fuera en la calle hacía frío, un frío de cojones. Y llovía... llovía y llovía sin parar. Marceaba demasiado, parecía que jamás llegaría abril... y mucho menos aun, mayo. Aquello era jodido, ver llover siempre me ha puesto triste, y me sentía solo, solo como el puto café que había pedido. Solo como los borrachos que bebían destilados con sus cabezas desniveladas sobre la barra. Solo, como las gotas raudas que se deslizaban cuesta abajo por el cristal de la ventana. Solo, como la chica de la gabardina beige y la gris melena larga que esperaba en la esquina de la derecha, en la calle, bajo un pequeño paraguas malva.
En ese momento no espera a nadie ni nada... Todo estaba pintado de oscura mediocridad de Jueves Santo con su cristo crucificado. Simplemente tuve un espasmo con la taza de café la mano y me eché la mitad de él por encima. Quizás era porque aquel día no me había duchado. Todo el mundo se me quedó mirando y por un mínimo instante me sentí ridículo. El camarero acudió raudo con un minúsculo paño seco y me retiró aquella nimia pieza de loza volcada sobre el platillo a juego, disponiéndose presto a traerme otro café. ¡ Curioso!... la mancha de mi jersey recién estrenado, sobre el pecho, de modo estricto... simulaba ser un maldito cuadro de Wassily Kandinsky. Hasta me resultaba por segundos divertido. Abstractamente divertido.
Después todo volvió a la más densa normalidad. La luz tenue de una media tarde oscurecida prematuramente. Aquel estribillo solapado por el rubor de un tintineo de vasos fregoteándose que simulaba el hilo musical de una oficina de turismo noruega. El sotto voce cálido de los fulanos de la barra que entre miraditas hacia mí de desprecio y soslayo iban comentando la jugada. Y entre tanto, me di cuenta que la chica de la gabardina beige y la gris melena larga había desaparecido misteriosamente entre la ciudad y la tormenta que arreciaba fuera de aquel comprimido microcosmos suburbano. Y entonces, una extraña melancolía se apoderó de mi alma y la sajó de lado a lado. Era algo talmente absurdo, que daba para escribir con fruición... un rato.