Filtrando


Cayó a las cinco y media... cogí mi portátil personal y salí afuera a fumar un cigarrillo. Un puto Lucky Strike sin boquilla que resultaba ser la más sangrante de todas mis malditas ironías. Luego al hotel. Llegué, me di una ducha prolongada y me cambié de ropa. Tenía hambre. Pedí un sandwich triple de pollo y una cerveza mejicana. Lo disfruté pausado, en tornasolada elipsis sin ninguna mística especial. Sin más. ¡ Por qué sí!. Estaba simplemente delicioso, y las patatas fritas que lo acompañaban eran virtualmente idénticas. Cual el pan, sabiamente tostado. Simétricas. De un cabal y casi... crujiente dorado, algo... perfecto. Las miraba medio hipnotizado en el plato mientras tenía las neuronas imaginando chupitos de tequila entre risas inconscientes de alto contenido alcohólico. Era curioso por primera vez en mi vida, en más de mil años o así... no tenía ni las más mínimas ganas de beber. Únicamente de dormir. Contando previamente los cuatro angelitos que tiene mi cama... De dormir rápido, al mismo tiempo que aquel riquísimo pollo braseado se iba derritiendo en mi paladar entre tragos de Coronita. ¡ Bueno!, habían muerto todos... ¿ y qué?. ¡ Joder!, mejor ellos que yo.
El restaurante estaba prácticamente vacío... Era ya o demasiado tarde, o demasiado pronto. Una mierda... otra. Al fondo, en una mesa llena de botellas de Champagne Cristal... un diplomático egipcio jugueteaba con un par de furcias de nivel y tacones rojos a las que manoseaba sin ningún pudor público. Alboreaba la mañana detrás de las horribles cortinas de aquel elegante salón. Como me molestaba... me saqué la Browning de la entrepierna y la dejé sobre la mesa, deslizándola debajo de la servilleta y pedí al apollardao camarero otra cervecita bien fría. El tipo todavía pareció diligente trayéndomela con prestancia y hasta, torería gitana. Y entre tanto, una de las señoritas meretrices de prietas carnes no dejaba de mirarme todo el rato, lo que no terminaba de incomodarme del todo. Claro... que echar un jodido polvo a una zorra de mil pavos la media hora, era lo último que necesitaba en ese momento preciso. Prefería cambiarlo... sin dudar, en aquel repugnante minuto de gloria... por una partida de poker de a dólar la mano o incluso, por un Monopoly con mis puñeteros sobrinos a los llevaba sin ver desde sólo Dios sabía cuando. ¿ La primera comunión?. En fin, ya se sabe... encendí un pitillo. Me recosté en la silla, y... me puse a pensar en nada. Siempre me han parecido graciosas las figuras que hace el humo en el aire.