No quedaba más munición. Sólo dos putas balas del .50 AE para mi Desert Eagle Magnum de fabricación hebrea y un cargador para el subfusil. Era una pena, penita pena. Había ido a cazar elefantes, pero no había aparecido ni uno por los alrededores. Sólo tíos con bigote de rostros moreno cetrino, con aspecto de estar cabreadísimos conmigo. Eran como jodidas copias pirata de Freddy Mercury, tostados al calor tórrido del maldito y congelado desierto por un frío que helaba la sangre. Llevaba corriendo ya demasiado tiempo, una eternidad nocturna... tanto que me había dejado el bulbo raquídeo por el camino y había comenzado a " cerebrar" el año nuevo. El sol en lo alto nuevamente parecía saludarme con esa pose entre supuestamente amariconada, algo superficial y siempre mayestática, de un rey " plural". Con el afectamiento de sus rayos cósmicos y sintácticamente ridículos. Yo, bajo ellos, sólo era un peón puesto ahí, para matar o morir. De modo, indistinto. Necesitaba calentar mis neuronas rápido, rápido. Y además, veintidós balas no daban para más. Ni para un intercambio de opiniones.
Me tiré al suelo, descansar diez o quince minutos no le haría daño a nadie y el ácido láctico ya estaba haciendo de las suyas en la musculatura de mis piernas. Hubiera dado la polla, la habría donado a la puñetera Cruz roja, por un sobrecito de azúcar. ¡ Qué manera de sudar!. Di un buen trago a la cantimplora y me levanté otra vez, casi de inmediato... aquel gélido secarral no me iba a derrotar. Comencé a andar despacio, estaba agotado, medio kilómetro más y nos vendrían a recoger... era un alivio. Había alguien que sollozaba tras de mí, pero no veía ni a mi padre. Y así, de repente me entró hambre. Y empecé a imaginarme un enorme pedazo de carne a la brasa poco hecha con su salsita de barbacoa por encima y sólo de pensarlo me empalmé. ¡ Joder!, hubiera puesto quinientos pavos... lo que fuera, por una Budweiser helada en aquel mismo instante.
A unos cien metros vimos el transporte que nos tenía que sacar de allí, y tuve que cargar un fardo de unos... más o menos, 63 kilos en vilo que se derrumbó a mi lado; ( que más bien se desplomó cual una elegante torre virgen, delicada y cobriza) por suerte vinieron a ayudarme unos mozos aguerridos que andaban por los alrededores con pinta de duros. Les agradecí a los del avispón por igual el saludo, que el asiento donde sentarme a la sombra, que la botella de agua mineral francesa que me dieron para beber... Era la rehostia, estaba a punto de congelación, pero dulce... rica... nunca un trago de simple " agua", me había sabido tan maravillosamente bien. Sabía a libertad... a, pura vida. Y entonces dejé un segundo mi cabeza descansar sobre el suave respaldo que me figuré por un momento era el vientre de mi mujer. Aquellas cuarenta y tantas millas a pie, se habían hecho en pasta de inmortalidad. Casi, como esa estúpida apuesta mientras me quitaba de la cara con una blanca toalla limpia la mierda y el polvo del camino. Simplemente sonreía a mi tocayo inglés que frente a mí me devolvía la sonrisa.
