Quería
decir algo. Suavemente, no a gritos. Algo que sonara a real, e incluso...
sentido, aun sin sentido del humor... o con éste, haciendo equilibrios en el
alambre. Que no sonara a metafísico... o presuntamente, ni de lejos. Ni como
una mentira que por más que dicha cien veces, noventa y nueve... fuera cierta.
Pero nadie estaba dispuesto a escucharme. Sólo a sonreírme de manera necia. A
hablar... de cosas talmente estúpidas que no me interesaban en absoluto. ¡ Galletas
María!, la vida reducida a jodidas galletas de marca blanca barata... que mojar
en el café con leche nuestro de cada día.
Ya casi
eran las dos de la tarde, y habían pasado por allí hasta los Idus de marzo del
cuarenta y cuatro a. C. ¡ Joder!, ¡ hostias!... la puta bebida estaba demasiado
dulce con el azúcar y La lechera de los cojones que sabía a empalago y juventud lejana.
En la
esquina mirando para todos los lados, agachado, un tipo con sandalias y cadenas
de oro, y más allá... uno que parecía haber salido de la nave nodriza aquella
misma mañana para comprar el pan. Carros de todos los colores y los aburrimientos
atravesaban por el paso de cebra al mismo tiempo, en tanto un sol frío de
invierno iluminaba la escena entre los canturreos atolondrados de un bebé infante
feo de castigo. Eso era lo que se podía llamar cotidianidad elevada a la
enésima potencia entre baldosines logarítmicos agrisados y un marasmo suburbano
total. Y en fin... la entre tanto, visión privilegiada desde una ventana virtual
de un servidor, con la camiseta de tirantes puesta que le daba a toda la escena...
un glamour proverbial. Del de cine mudo con luminarias.
La mesa
se acababa de limpiar. El portátil sobre ella... donde quería decir algo. Mas
estaba enfermo de sarcasmo mañanero. Aun me quedaba media botella de Johnnie
walker que la noche anterior no acabé. Siempre he pensado que el contrachapado
en una pared y rodeando el encéfalo... es elegantemente sináptico. Hasta hace
mecerse a los engramas motor con el céfiro conciente cual los juncos verdes.
