Una madrugada cualquiera


La luna parecía echada sobre el lomo angelical de la tierra. Allá, en el confín horizonte/horizontal y plateado de la noche donde esperaban algunos pocos hermanos libres. Mucho, pero mucho más lejos aun en la distancia que las arenas y la sed. Donde los hombres mataban y morían por ideas absurdas de supremacía y supervivencia. Hacía frío. Un frío abigarrado y matador, cual una serpiente que se enroscaba a las vísceras y las estrangulaba tal vez con el último hervor del whisky en el paladar. Tenía la mirada deslumbrada y perdida en las estrellas. El firmamento entero en lo alto parecía a punto de desplomarse sobre el mundo. Sobre éste devenir siempre circunstancial. Era sin duda un glorioso espectáculo jodidamente hermoso, callado y magnífico. Un circo sin payasos, no como el de éste planeta melancolía, y violencia... a ratos perdidos y entre las sombras. Sí, hacía frío. Y echaba de menos un edredón, y algunas palabras sueltas que me hablaran de paz. Y luz... y pizza caliente con sabor a barbacoa y una Budweiser, pero todo no se podía tener. Si acaso la certeza meditabunda de estar obrando de manera correcta para intereses bastardos. Pero, al fin y al cabo que era yo si no un maldito bastardo... un hijo de la grandísima puta puesto sobre el tablero para servir de fiel peón, de perro de presa... a mi amo y señor. El duque de las, " jodiendas".
Estaba demasiado cansado para pensar en infinitivos. Y... querer era poder. Como estar, casi, muerto en vida. Siempre pendiente de ser resurrección. Siempre esperando un mensaje que nunca acababa de llegar. Al modo de un puto profeta sin dicción propia. Estaba esperando algo y no era la aparición del fantasma de El regreso de la momia... ( que hubiera reventado a " patadas" en la boca) mas todo era silencio. Hipérboles de mudez. Un silencio espeso que te rompía por dentro en mil fragmentos ya suficientemente quebrados. Ni tan siquiera ululaba el viento un dolor inminente, henchido de agujas sin metal. Era tan extraño. Quizás fuera el sueño que me vencía, incapacitado para dormir... únicamente rehecho en cacofonías para aguantar en pie como una versátil cariátide transformada por la realidad en latón y hollín. La luna nos observaba a todos. A todos bajo ella. Pequeños y miserables. Esperando el momento adecuado para devorarnos. Claro que todavía quedaban muchas horas para ver amanecer.